Dios y el hombre al encuentro

11. febrero 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

Dios y el hombre parece que están jugando al escondite. Con esta frase familiar quisiera sintetizar el pensamiento de los primeros números del Catecismo de la Iglesia Católica (28-30) ¿Por qué buscamos a Dios? Pues…, porque lo sentimos. ¿Por qué Dios nos busca? Pues…, porque le interesamos. ¿Por qué nos buscamos mutuamente Dios y nosotros? Pues…, porque Dios nos ha hecho para Sí, y nos atrae; porque nos sentimos arrastrados hacia Él, y no estamos tranquilos mientras no descansamos en Él.

El apóstol San Pablo se lo decía así a los filosofantes del Areópago de Atenas:
– Dios creó a los hombres con el  fin de que buscasen a Dios, para ver si a tientas le buscaban y le hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en Él vivimos, nos movemos y existimos (Hechos 17, 26-28)

Por otra parte, el hombre siempre ha buscado a Dios, cada uno según su mentalidad y la religión que ha vivido. Lo busca con oraciones, como los judíos con su salterio admirable; con sacrificios, practicados por todas las religiones; con cultos, cada pueblo con los suyos; con meditaciones, como los del yoga…

Dios, escondido, atrae; el hombre, ansioso, va buscando. Hasta que llega un momento en que Dios se deja ver de una manera jubilosa en Cristo Jesús, el Hijo de Dios que se manifiesta para llevarnos al Padre y meternos en su misma gloria, donde ya no buscaremos a Dios ni Dios nos irá buscando, porque nos poseeremos mutuamente y en felicidad para siempre. Es como si Dios y el hombre jugasen amorosamente al escondite, buscándose siempre uno al otro.

Recuerdo a este propósito la anécdota simpática de aquel rabino judío muy piadoso, que un día se echó a llorar. Le viene su nietecito llorando.
– ¿Qué te pasa?
– Es que estaba jugando al escondite con mi amigo, me he escondido por mucho rato, y no me ha encontrado, porque el malo de él se había escapado…
Fue aquí cuando el viejecito rompió también en llanto mientras exclamaba:
– Así dice Dios: ¡que yo me escondo a ver quién me busca!, y nadie me halla porque el hombre huye de mí…

Pero, ¿por qué el hombre se escapa de Dios? El Catecismo lo reconoce:
– La unión íntima y vital con Dios puede ser olvidada, desconocida e incluso rechazada explícitamente por el hombre.
¿Por qué será esto así? ¿Por qué hay muchos que no creen, ni adoran, ni esperan, ni aman? ¿Por qué reniegan de la fe? ¿Por qué no practican su religión, o ninguna religión? ¿Por qué no les interesa Dios?…   
El Catecismo de la Iglesia Católica nos señala las causas a que se puede atribuir fenómeno tan extraño.
La rebelión contra el mal en el mundo puede ser una causa primera. Es natural que quien sufre, quien tiene que aguantar el dolor, quien es víctima de la injusticia, se rebele contra la idea de Dios, y se diga:
– Si Dios existe, ¿por qué tengo yo que sufrir así?…
Pobrecito, no entiende que Dios no es el causante del mal, sino que fue el pecado quien metió el mal en el mundo. Jesucristo fue la mayor víctima del mal, pero lo venció en Sí mismo con la resurrección, y lo vencerá un día en todos nosotros.

La ignorancia y la indiferencia religiosas son una causa muy determinante. Quien no conoce a Dios, quien no lo estudia, quien no escucha nunca la Palabra, ¿qué interés puede tener por Dios, si no le importa nada?…
De aquí nuestro interés porque el mensaje de la salvación llegue a todos.
A esto obedece, por ejemplo, nuestro mismo Programa. Si metemos en el mundo algo más de la luz de Cristo, estamos haciendo mucho por esos hermanos que nos pueden escuchar y, de este modo, pueden también encontrarse con Dios.  

Los afanes del mundo y de las riquezas son una causa señalada por el mismo Jesús en el Evangelio. Quien se encuentra satisfecho sin Dios, ¿para qué necesita a Dios?… Dios se da solamente al pobre de espíritu que lo necesita.
Ser pobre ante Dios es poseer la disposición para recibir a ese Dios que se nos da tan amorosamente.

El mal ejemplo de los creyentes es otra causa que nos señaló el Concilio. O los que creemos en Dios damos testimonio de nuestra fe con nuestra conducta, o somos los causantes en gran medida de la incredulidad del mundo…

Las corrientes de pensamiento hostiles a la religión tienen una influencia enorme en las masas. Por eso, estamos al tanto contra la propaganda atea o la que falsifica la verdad de Dios. La Iglesia Católica, con su doctrina de Jesús nunca contaminada, nos garantiza la perseverancia en la fe verdadera de Cristo.

La actitud del hombre pecador, que por miedo se esconde de Dios, es la última y, quizá, la peor de las causas señaladas.
¿Por qué huir de un Dios que nos ama, y, aunque le hayamos ofendido, nos llama, nos busca, nos perdona, nos regenera y nos salva?…

Dios, escondido, nos llama, nos atrae, nos arrastra, se deja ver de mil maneras… Nosotros lo necesitamos, pues sin Él no estamos nunca en paz. ¿Por qué no lo buscamos con afán verdadero?…

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