Dios cuenta en nuestra vida

10. febrero 2014 | Por | Categoria: Dios

Un escritor famoso de nuestros días había vivido muy alejado de Dios, hasta que se convirtió decididamente al catolicismo. Con toda la autoridad que le daba su propia experiencia, pudo decirnos lo que significa ser un ateo práctico: “Un hombre sin Dios, sin sentir a Dios cerca de sí, es toda una tragedia; es un ser muy triste y muy desgraciado” (Papini)

Esto, desde luego, no va para ustedes, queridos radioyentes, porque, si no les interesara Dios, ni se molestarían en escuchar un mensaje de nuestro Programa, que no les habla más que de Dios. Para ustedes es todo lo contrario, ya que les puedo decir eso mismo del escritor, pero al revés:
– Un hombre o una mujer con Dios, sintiendo a Dios cerca de sí, son toda una suerte, son unos seres felices y muy dichosos, hasta llenar a todos de envidia.
Ninguno de ustedes cree que el más feliz es el que más se divierte.
Ninguno de ustedes cree que es el más rico el que aumenta los números en su cuenta del Banco.
No. El más rico y el más dichoso es el que dice a cada instante como aquel pobre jornalero: ¡Nadie me puede quitar a mi Dios!…

Es cierto que no siempre resulta fácil entender a Dios. Nuestra razón a veces se encabrita, se rebela, se empeña en entender muchas cosas de la vida, y, al no hallar fácil la solución, pueden venir las dudas y hasta las quejas. Se puede extender sobre el cielo del alma el nubarrón de la duda. Pero, cuando no falla la humildad, no falla tampoco la fe. La Biblia lo dice claramente: “Busca a Dios con sencillez, porque lo hallan los que no le tientan; se manifiesta a los que en Él confían” (Sabiduría 1,1)

En las dudas es cuando se robustece la fe. Fe que ha sido probada, es después la fe más firme. Lo malo es cuando no se quiere ver a Dios porque se ha hecho de moda el prescindir de Él. Si una persona se separa de Dios, ¿qué saca? Sedienta por la vida, como el caminante sudoroso, busca agua fresca, y cada vez siente más resecas sus fauces.
Así lo expresaba un famoso literato sueco, que enjuiciaba su pasado antes de morir: “Dicho sin tapujos, atribuyo toda mi desdicha a una sola causa: a no haber tenido fe. Quien ha roto sus relaciones con Dios, no puede esperar bendición” (Strindberg)

Al fin y al cabo, estos escritores no nos dicen nada nuevo, pues todas sus confesiones no son sino la confirmación de la palabra de Dios dicha por el profeta: “Todos los que te abandonan, oh Dios, quedarán confundidos; los que de ti se alejan serán escritos en el polvo de la tierra, porque han abandonado al Señor, vena de aguas vivas” (Jeremías 17,13)

Pero es que hay todavía más. Cuando se abandona a Dios viene la preocupación más grave, como es el considerar a Dios como un enemigo. Dios nunca es enemigo de nadie, porque nos ama a todos y a todos nos quiere salvar. Pero quien se aleja voluntariamente de Dios, se forma en su imaginación la imagen de un Dios justiciero y tiembla por su propia salvación. Y de ese modo, ¿cómo va a tener paz?

Aquel escritor de que hablábamos al principio, pudo saber la inscripción severa que había a la entrada de un antiguo monasterio de su tierra, y que a tantos hacía reflexionar preocupados. Decía así:
– Un solo Dios. Si es enemigo mío, ¿quién me librará? ¡Una sola alma! Si la pierdo, ¿qué es lo que me queda?
Muy serio, ciertamente, este pensamiento. Pero podemos ver cómo se convierte en el pensamiento más agradable y feliz. Porque podemos decir al revés:
– Un solo Dios. Si es mi amigo, ¿a quién puedo temer? ¡Una sola alma! Si la salvo, ¿qué me puede faltar?

Es esto la versión más exacta de aquellas palabras de San Pablo: “Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Romanos 8,31)
Total, que nosotros, en nuestra ilusión de querer a Dios y de contentarnos con Él, llegamos a la conclusión de siempre: que somos la gente más feliz.

Nosotros sabemos aplicarnos unas palabras del querido Papa Juan Pablo I, el Papa de la sonrisa, que dijo en una de sus famosa catequesis:

“Amar a Dios con TODO el corazón. Este TODO repetido y llevado a la práctica es, en verdad, la bandera del maximalismo cristiano… Dios es demasiado grande, merece demasiado de nosotros, para que podamos echarle apenas unas migajas de nuestro tiempo y de nuestro corazón”. “Dios es un bien infinito y será nuestra felicidad eterna. El dinero, los placeres, las fortunas de este mundo, en comparación, son apenas fragmentos de bien y momentos fugaces de felicidad… No sería sabio dar tanto de nosotros a estas cosas y poco de nosotros a Jesús”.

Y nos resulta curioso. El querido Papa no hablaba español, y aquel día hizo un resumen de su discurso en estas palabras, primero y único mensaje en nuestra lengua: “Dios es demasiado grande para darle sólo las migajas de nuestro tiempo y corazón”. Un verdadero testamento para nosotros…

Nos dice San Pablo que al final “Dios será todo en todos” (1Corintios 15,28)
¡Estupendo! ¡Magnífico!…
Pero la gracia está en que eso no lo dejemos para el fin. Entonces, viendo a Dios cara a cara, eso no tendrá ningún mérito. Dios estará orgulloso de nosotros si eso mismo lo hacemos ahora ya: Dios todo en todos y en todas las cosas, porque lo demás del mundo no nos importa nada…
      

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