Los Mandamientos, un regalo

28. enero 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

Hay una palabra en nuestra religión que nos gusta muy poco, por más que contiene mucho amor entre sus letras: es la palabra Mandamientos. Apenas se nos nombran, ya nos ponemos alerta. Aunque se trate de mandamientos de la Iglesia, aunque se trate de los Mandamientos venidos directamente del mismo Dios. Eso de que se nos mande, nos resulta muy cuesta arriba…

Nosotros, sin embargo, queremos reaccionar contra ese modo de pensar y sentir. Los Mandamientos de Dios son un regalo, y no una carga. Son una caricia, y no una amenaza. El día en que nos hayamos convencido de esta verdad —que los Mandamientos son un regalo de Dios, y no una carga fastidiosa—, nos habremos hecho un bien grande en nuestras almas y habremos contribuido también a que en el mundo y en seno de la misma Iglesia haya más alegría y más optimismo respecto de Dios y de la Religión cristiana.

Se nos repite muchas veces que nadie pierde la fe sin haber perdido antes la moral. Quien dice que no puede creer, porque la doctrina cristiana tiene misterios que no se entienden, es una persona que a nosotros nos merece poca fe. Penetramos un poco en su alma, y pronto descubrimos que el mal no está en el cerebro, sino en el corazón…

Entran también aquí igualmente las quejas contra la Iglesia Católica. Quien dice que no cree porque la Iglesia hace esto o aquello, porque los curas son así o asá, porque la Iglesia institución no responde al ideal del Evangelio, porque la Iglesia debería acomodarse a los tiempos…, quien opina y habla así está fallando en alguna cosa que se calla muy bien y tiene muy poca sinceridad para confesarla.

Por eso, siendo realistas, amando a Dios y a su Cristo, creyendo en la Iglesia, y siendo celosos de nuestra salvación, nos preguntamos: – ¿No hemos de cambiar de opinión sobre los Mandamientos? En vez de decir primeramente: creo en lo que Dios me dice, ¿no será mejor empezar por decir: quiero hacer lo que Dios me manda?…

Esto parece que sea muy poco natural. Porque primero es creer y después hacer, ya que nuestras obras siguen a nuestro pensamiento, pues hacemos siempre lo que antes hemos pensado. Sin embargo, estamos convencidos de que si nuestra conciencia no nos reprocha nada, la fe no encontrará ninguna dificultad. Seremos más creyentes que Abraham…

Un Santo como Antonio María Claret, que tenía aquel sentido tan atinado del pueblo, les hacía repetir con él a sus penitentes en el confesonario: – ¡Viva la Ley de Dios! ¡Vivan los Diez Mandamientos!…
Después, no había miedo: ninguno fallaba en su fe ni discutía la Religión Católica. No podemos dudar de que una reacción así de los creyentes, ante tantos que abandonan su fe, haría mucho más bien que miles de discursos sobre la fe y la religión.

Reconocemos que modernamente, con el espíritu democrático que llevamos dentro, basta con que se no hable de ley, de sujeción, de sumisión a una autoridad, para que nos rebelemos, y digamos: ¡No quiero!…
Es muy natural esta reacción. Porque todos somos iguales. Y por eso nos decimos: – ¿Y por qué me han de mandar a mí?…

Sin embargo, está en la conciencia de todos que el bien exige autoridad. Un niño pequeño tiene la misma dignidad humana que su papá y su mamá. Y con todo, el papá y la mamá se imponen, mandan, y, si es necesario, castigan. ¿Por qué? Porque lo exige el bien del hijo.

Esto ocurre en todo nivel social. En la familia, entre padres e hijos. En la escuela, entre maestros y alumnos. En una empresa, entre jefes y subalternos. En la nación, entre gobernantes y gobernados. Y todos estamos acordes con ello, pues, de lo contrario, el mundo sería un caos… Con todo, la rebelión existe. La desobediencia es un pecado universal. Si no fuera por esta insubordinación, sobrarían en nuestras ciudades los policías, los tribunales y las cárceles subsiguientes…

Pero, ante este hecho social, nosotros volvemos con el pensamiento hacia Dios, hacia sus amorosos Mandamientos. ¿Ocurre lo mismo con los Mandamientos de Dios? ¿No los miramos con recelo? Es cierto que Jesucristo nos dice:
– Mi yugo es suave, mi carga es ligera.
Sí, eso lo dice Jesucristo. Pero, ¿no le queremos desmentir, y decimos muchas veces que no podemos más, que la Religión impone deberes muy pesados?…

No se puede pensar así. Mirados de este modo los Mandamientos, la práctica de la fe resulta pesada, ya que se mira con prevención todo lo que Dios nos manda con amor y para nuestro bien. Por eso, queremos vivir la alegría que da el cumplir la voluntad de Dios, manifestada en sus preceptos. Queremos que los Diez Mandamientos sean fuente de felicidad, como lo expresa el salmo de la Biblia:
– Cuando ensanchas mi corazón, recorro feliz el camino de tus mandamientos.

En el mundo hay tristeza porque hay rebeldía contra Dios. Si nosotros promovemos la fidelidad a Dios con esos Diez Mandamientos, el mundo volverá a sonreír. Porque no es una carga, sino un privilegio celestial cumplir el querer de Dios. Todo está en hacer la prueba. ¿A que no nos arrepentimos si lo empezamos en serio?…

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