¿La vieja Europa sin Dios?…

27. enero 2014 | Por | Categoria: Dios

¡Vaya con qué nos salió la vieja Europa! Se trataba de hacer la Carta programática sobre los derechos fundamentales de la Unión Europea, y las quince Naciones que la formaban en Diciembre del año 2000 se ponen de acuerdo y determinan que en ella no ha de salir DIOS para nada. Y firmaban pueblos tan resonantes como Francia, la primogénita de la Iglesia; Italia, la de la Roma eterna; la Católica España; la Inglaterra tradicionalista; Alemania la del Sacro Imperio; Irlanda la indomable…

No hace falta mencionar una por una a todas esas Naciones, tan gloriosas en su historial cristiano, para quedar estupefactos. ¿Cómo es posible renunciar a lo que tienen de más sagrado? ¿Cómo es posible fundar la soñada fusión de los pueblos europeos eliminando hasta el nombre de Dios?… Lo entendamos o no lo entendamos, pero así fueron las cosas.

Naturalmente, la voz del Papa Juan Pablo II se alzó con energía desde el primer momento. Y les recordaba a todos que en Dios “está la fuente suprema de la dignidad de la persona humana y de sus derechos fundamentales… Porque los derechos de Dios y del hombre se afirman y caen siempre a la vez… Y no basta recalcar con pomposas palabras la dignidad de la persona, si después se la destruye en las mismas normas de la legislación”.

Sin mencionar nombres que todos tenemos muy frescos en la memoria, el Papa aludía a los terribles dictadores que en el siglo veinte llenaron de sangre, de ruinas y de lágrimas al mundo, a la vez que indicaba sin miedos los males que se van a seguir para la familia y para la misma vida. ¿Por qué?…
¿Hubiera sido posible un Hitler y los campos de exterminio, si antes no se hubiera negado a Dios?
¿Podría Stalin haber asesinado por millones a tantos seres humanos, si el socialismo marxista no hubiera eliminado antes la fe en Dios?
¿Y podrá ahora la familia hacer frente a los males que la amenazan en sus mismos fundamentos, si se le impone silencio al mismo Dios, que da a la familia unos derechos que le niegan los Estados?…

El aborto, la eutanasia, las uniones indefendibles contra la naturaleza, el abuso de la bioética para la vida, y tantas prácticas reprobables de hoy, todo, todo eso pasa y pasará cada vez más libremente por las legislaciones modernas, aunque vayan descaradamente contra la ley inviolable y eterna de Dios…
Después vendrán las consecuencias desagradables. Y no solamente a nivel social. Porque nosotros, cristianos católicos creyentes, lanzamos la mirada, como siempre, a un mundo venidero hacia el cual nos encaminamos. Nos preocupa nuestro mundo y trabajamos por él, porque lo amamos. Pero nos preocupa mucho más la suerte definitiva de muchas almas, por las cuales también trabajamos con tesón.

En ocasiones como ésta, hacemos profesión sin miedo de nuestra fe. ¿De qué nos valdría —traemos palabras de Jesús— insertarnos opulentamente en el Primer Mundo, lleno de comodidades y nadando en el bienestar, si se convirtiera al fin para nosotros en una ruina irremediable?

No hemos de pensar que todo está perdido en aquellos pueblos gloriosos. Recordamos lo de aquel aviador que sobrevolaba París. Llevaba el aparato casi a vuelo rasante, y con el micrófono colgado al pecho iba dictando las maravillas de la Ciudad Luz:
– Miren el Campo de los Elíseos…, vean la Torre Eiffiel… y el monumento de los Inválidos… Allí, el teatro Varietés y más allá el Pigalle…
El aviador adjunto era un católico muy convencido, y aprovechó la ocasión para hacer la apología de su fe. Toma el micrófono en la mano, y dicta lo que el compañero se callaba:
– ¿Ven? Esa iglesia es la de Montmartre, trono del Corazón de Jesús… Allí está Notre Dame, la de los grandes oradores católicos… Ahora sobrevolamos Nuestra Señora de las Victorias, verdadera fábrica de milagros de la Virgen…
Un periodista de entre los pasajeros escribió en su bloc de notas, y lo entregaba después a un rotativo:
– París. Una ciudad muy mundana, como todos sabemos. Pero no hay que temer por ella, porque en su seno hay todavía muchas iglesias. En ellas se reza, y mientras Dios no se esconda, la Ciudad sigue en pie.

Europa nos ha puesto en los labios toda la anterior disquisición. Pero, nos preguntamos: ¿Puede afectarnos todo eso del viejo continente a nosotros, en nuestra joven América? Pues, sí; no lo dudamos. Ese acontecimiento doloroso es un toque de atención para los que tenemos la suerte de vivir todavía con ilusión nuestra fe. El ejemplo de Europa puede resultarnos fatal. Así como nos resulta tan beneficiosa cuando nos manda las enormes riquezas culturales y espirituales que todavía atesora y que sabe mandarnos con tanta esplendidez.

Ante pueblos que abandonan la fe, en nuestra América no queremos perder nuestra identidad religiosa,  sino mantenernos fieles a Dios.
Nosotros queremos que nuestras leyes se fundamenten en los derechos que Dios nos da.
Nosotros queremos que nuestros gobernantes no se avergüencen, sino que se gloríen, del Dios en quien creen, ¡gracias a Dios!
Nosotros queremos a Dios metido en nuestros hogares.
Nosotros queremos que nuestros niños aprendan en las escuelas a respetar el nombre de Dios.

Así, con Dios en la conciencia de cada uno y dentro de nuestra vida social —igual que en nuestras Constituciones— nuestros pueblos latinoamericanos tendrá la mayor de las riquezas y serán capaces también de reclamar y de conseguir el bienestar a que tienen derecho, basado en la justicia y la paz.

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