La Religión, un deber

14. enero 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

El Concilio primeramente, y el Catecismo de la Iglesia Católica después, nos dicen de manera terminante:

– Todos los hombres están obligados a buscar la verdad, y, una vez conocida, a abrazarla y a practicarla… Y este deber se desprende de su misma naturaleza.

Es decir, que el hombre está hecho para Dios, y, si no busca a Dios, va contra su misma manera de ser y se expone a fracasar del todo en su existencia, pues, al rechazar a Dios, sin Dios se quedará para siempre. Nos preguntamos, entonces: ¿Se puede prescindir de la religión? ¿Es lo mismo ser creyente que no creer en nada? ¿Da igual practicar la fe o abandonarla del todo?…

Nadie podrá decir que eso de la religión, de la fe, sea un tema que haya pasado de moda. Ocurre hoy un fenómeno extraño. Mientras una gran parte de la sociedad se está secularizando y apartando cada vez más de Dios, cada vez también interesa más Dios, y cada vez se han de meter más los hombres con la Iglesia, con el Papa, con los creyentes… Se realiza al pie de la letra lo que afirmaba ya hace mucho tiempo un conocido escritor:

– El hombre piadoso y el ateo están siempre hablando de religión: el uno habla de lo que ama, el otro habla de lo que teme (Montesquieu)

La religión, la fe, la creencia en un Ser supremo, la idea de Dios, la esperanza de un bien futuro en el más allá, es el motor de toda actividad humana. Motor ruidoso o callado, pero lo impulsa todo.

Ese motor de la fe no se para nunca, no cesa en su actividad y mueve abierta o secretamente todas nuestras acciones.

El que cree, se siente feliz en todo lo que hace.

El que no cree, o dice no creer, está lleno de miedo ante ese algo misterioso que le preocupa. Sin embargo, quien así se angustia ante el misterio inspira menos cuidado que el despreocupado total. Porque esa su preocupación es ya una gracia de Dios, que secretamente le está llamando, y llegará un día u otro en que, con la ayuda del mismo Dios, sabrá responder y se pondrá en camino de salvación.

Dan mucha más pena los que no se preocupan de nada, ni tienen interés alguno por su alma, ni piensan jamás en su porvenir eterno.

Esto último es lo que nos preocupa a los creyentes respecto de nuestros hermanos, porque nos preocupa precisamente su salvación. Hace siglo o siglo y medio, era cosa de elegancia y distinción en una parte de la sociedad el presumir de incrédulos.

Hoy, ya no. Hoy se prefiere prescindir de Dios, o se acepta un Dios que no exige ni compromete, como el de los Gnósticos. Y lo más común es que se acepte en sustitución de Dios algo que traiga paz y tranquilidad al espíritu, como el yoga o las prácticas de la llamada New Age —o Nueva Era—, contra la cual hubo de levantar la voz seriamente el Papa a fin de alertar a los hijos de la Iglesia. Para nosotros hay sólo un Dios, y un Dios personal en quien creemos y al que amamos.

Ponemos el caso de aquel Presidente de una Asociación benéfica en Estados Unidos. Abren la escuela y la confían a unas religiosas, que, como católicas, quieren ante todo formar en la fe a sus encomendados. La Directora propone su plan:

– Señor Presidente, confiamos que ustedes no tendrán dificultad en que demos instrucción religiosa a los alumnos. Como católicas que somos, propondremos nuestra fe, aunque con respeto total a las creencias de cada uno.

El Presidente de la asociación no se molestó en seguir escuchando, y respondió tranquilo, y, a su parecer, muy generoso:

– Mire, Hermana. Procuren ustedes que en la escuela haya higiene, y en lo demás hagan lo que quieran y más les guste.

Resulta algo extraña una respuesta semejante, que a nosotros, desde luego, no nos cabe en la cabeza. La higiene podrá ser muy importante en la formación de los niños, pero ¡ya está bien eso de ponerla en el mismo nivel que la religión, y hasta en un plano superior!…

Ese Presidente de la Asociación podría haber leído lo que escribió una literata sueca después de haber escuchado a una maestra rusa, en los tiempos del comunismo ateo, y que decía desesperada:

– Cuando veo a mi alrededor niños malos, groseros, impertinentes, en su mayor parte ladronzuelos, no sé cómo habérmelas con ellos y cómo gobernarlos. Hemos renegado de los Diez Mandamientos de Dios y de toda doctrina del amor… ¿Cómo hacer entender a una criatura de ocho años que no se debe robar ni ser enredón?… (María Schterenstadt)

Todo el problema del hombre se resuelve en lo que nos ha dicho al principio el Catecismo de la Iglesia Católica: Hay obligación de buscar la verdad de Dios, de abrazarla y de practicarla.

Lo contrario lleva al fracaso mayor, no sólo cara a una eternidad de la que no escaparemos, sino incluso de cara a la vida actual en el mundo.

La clave de nuestra felicidad está en buscar a Dios y en vivir conforme a lo que Él en su bondad nos enseña y nos manda.

Lo sabemos de memoria y lo experimentamos cada día. ¿Sin Dios? Dudas en la cabeza, vacío en el corazón… ¿Con Dios? Paz en la conciencia, serenidad en la vida, esperanza en el porvenir… ¿Qué más podemos desear?…

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