El Dios personal y viviente

6. enero 2014 | Por | Categoria: Dios

¿Cuál es una de las mayores preocupaciones que llevamos dentro los creyentes, cuál es una de las mayores esperanzas que nos animan? Son dos aspectos de una misma cuestión.
Nosotros, que queremos pensar y pensamos siempre en Dios, nos decimos muchas veces: ¿Por qué el mundo se aleja de Dios?
Pero otras muchas veces también, nos preguntamos: ¿Por qué el mundo busca ansiosamente a Dios?

El mundo busca a Dios porque ve que sin Dios no va a ninguna parte. La paz huye de las naciones, reinan el egoísmo y la injusticia, las familias se deshacen, los individuos se desesperan. Y entonces, cuando se piensa, se viene a parar siempre a lo mismo: necesitamos a Dios. Y por eso lo buscamos, y por eso queremos hablar con Él, y por eso optamos por su Ley. Más todavía, no se busca a Dios únicamente porque se quieren evitar esos males tan palpables. No; se busca a Dios porque se cree en Él y se le ama. Se le busca por lo que es Él, porque es Dios, porque es nuestro fin, porque en Él tenemos y tendremos todo.

Por eso hay muchos que rezan. Y ésta es nuestra esperanza.  
Sin embargo, constatamos también cómo son muchos aquéllos para los cuales Dios no existe. Ha pasado el comunismo con su ateísmo militante, pero se nos ha echado encima otro ateísmo tan pernicioso o más que el anterior. Con el consumismo, estamos metiendo en la vida el dios dinero y el dios placer, que sustituye al Dios del Cielo, el cual queda en un último lugar, hasta no significar nada.

Para gran parte de la juventud, la vida no tiene sentido alguno. Jóvenes y personas mayores no aspiran más que a disfrutar la sociedad del bienestar, sacándole todo el jugo, hasta que no le quede ni una gota más.  
Esta, y no otra, es la gran preocupación que llevamos dentro los creyentes.
Como siempre, buscamos remedio al mal, ya que queremos a Dios bien metido en el mundo, para que el mundo sea feliz. Queremos convencer al mundo de que Dios es un Padre misericordioso que nos ama y que busca nuestra felicidad. ¿Cómo conseguiremos esto?

Hay que pensar, ante todo, qué y quién es Dios. Son muchos los que tienen de Dios un concepto muy equivocado, y de aquí viene el que Dios no les interese. El Dios de los deístas y de los agnósticos es un Dios vago, sin personalidad. Es un algo que se confunde con el mundo. Es una idea que sólo está en la cabeza del que piensa. Dicho en una palabra, y para entendernos mejor: el Dios de todos éstos no es un Dios personal, consciente, que manda, juzga y sanciona.

Hay mucha diferencia en pensar que Dios es algo y que Dios es alguien. El Dios algo no da ningún miedo ni trae ninguna preocupación. El Dios alguien ya da que pensar un poco más. Podemos jugar con el Dios algo; pero no podemos bromear con el Dios que es alguien…
Un escritor hizo una encuesta entre las mayores personalidades de Francia con esta pregunta: ¿Qué sabe usted de Dios? Y un famoso poeta y diplomático, Premio Nobel de Literatura, contestó:
– ¿Qué sé de Dios? Exactamente lo que dice el Catecismo, ni más ni menos. Es decir, que hay un Dios, todopoderoso y eterno, premiador del bien y castigador del mal. Éste Dios, ya se ve, es un Dios serio… (Paul Claudel)

Al lado de ese Dios de los agnósticos —que se llaman a sí mismos creyentes y no lo son—, está el dios oro y el dios placer. Es, prácticamente, un dios como los ídolos de que nos habla constantemente la Biblia. Como el becerro de oro que se fabricó Israel al pie del Sinaí. El becerro de oro sustituyó entonces al Dios que daba a Moisés las tablas de la Ley. Hoy, el dinero, el placer, el bienestar son el ídolo nuevo ante el que se rinde el mundo que nos rodea.

Entonces, no queda otro remedio que convencer al mundo de la vanidad de este ídolo que adora. ¿Puede el dinero dar la felicidad? ¿Dura el dinero siempre? El placer a que se entrega hoy nuestra sociedad, y por el cual llega hasta perder la noción de Dios, ¿es un placer que se disfruta toda la vida, y, sobre todo, que sobrepasa la frontera hasta llegar a perpetuarse después de la vida presente?…

– ¿Qué piensa usted del dinero?, le preguntaron unos alumnos universitarios al Profesor, el cual gustaba de amenizar sus lecciones con frases moralizantes. Y respondió, como siempre, con buen humor:
– ¿Qué pienso del dinero? Pues que los hombres lo han sabido fabricar muy bien: de papel y de monedas redondas. De papel, porque dura muy poco; de monedas redondas, porque está siempre rodando y no sabes adónde va a parar. No hay nada más inestable que el dinero y el placer que el dinero da.

Contra ese dios vago y de fantasía, que no es nada ni es nadie, nosotros creemos en un Dios personal, consciente, que nos busca, nos llama, nos inspira, nos manda y nos premia.
Contra ese dios ídolo y muerto, nosotros creemos en un Dios viviente y eterno, que llena el corazón y que será nuestra dicha eterna.  
Si se escoge —como lo hacemos nosotros— el Dios personal y viviente, Dios no muere en el mundo, se le ama, se le reza, se cuenta con Él para todo.
Si se escoge —como hace la sociedad que se seculariza— al Dios de la fantasía y del bienestar, un Dios que ni existe o está muerto, se cae en la desorientación, en el vacío, en el fracaso, en la muerte.
¿Por cuál de los dos dioses se quiere inclinar el mundo?…

Nosotros tenemos muy bien hecha la opción: estamos siempre con el Dios presente en todas partes y que nos sigue con amor de Padre. Le rezamos, y sentimos que nuestro Dios es un Dios viviente y lleno de amor. Los que no lo crean, que lo prueben y nos digan después a ver qué tal les ha ido con la experiencia…

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