¡Biblia en mano!

7. enero 2014 | Por | Categoria: Nuestra Fe

Es un hecho verdaderamente significativo y consolador el afán que se nota hoy en la Iglesia por leer la Palabra de Dios. Nos estamos dejando de muchos otros libros, muy buenos ciertamente, para irnos a la fuente. Dejamos los riachuelos, y nos abrevamos en el río caudaloso e inagotable.

Una revista lanzó esta pregunta como encuesta: – ¿Su mejor manera de comenzar el día?

Naturalmente, hubo respuestas para todo, y seguro que no fue la peor de todas ésta de un señor, que decía tener cincuenta y seis años: – Hay muchas maneras y existen gustos para todo. Unos lo comienzan sirviéndose la taza de café que los desvela. Otros se endosan la sudadera, hacen su gimnasia o se dan su caminata al aire libre, lo que no está mal. Yo, no cambio de sistema. Desde hace más de treinta años que hago lo mismo. Me despierto, abro la Biblia que tengo en la mesilla, me desayuno con un pensamiento de la Palabra de Dios, y así mi espíritu se entona también con el mejor de los ejercicios.

Hay que felicitar a quien así escribe, y hemos de agradecerle la lección que nos da. Porque la Biblia, como nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica con palabras del Concilio, nos da el alimento y la fuerza, que mantienen el espíritu cristiano siempre despierto y lleno de vigor (103-104)

La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor, nos ha dicho el Concilio. El culto del cristiano católico se centra todo en la celebración de la Eucaristía, que tiene sus dos partes bien definidas, pero íntimamente ligadas e impregnadas de oración: la Palabra y el Sacramento. La Misa viene a ser entonces un banquete, en cuya mesa se distribuye con abundancia el Pan de vida, que es la Palabra de Dios y el Cuerpo del Señor.

Con la Biblia, el Padre que está en el Cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos.
En la misma Biblia leemos cómo Dios tiene sus delicias en habitar con nosotros, en hablar con nosotros (Proverbios 8,31)  Si Dios es todo amor con nosotros, es imposible concebir a Dios sin ansias de hablar con sus hijos, pues no hay amor que no lleve a la intimidad del diálogo, de la conversación, de la comunicación con la persona querida. ¿Había Dios de excluirse a Sí mismo de esta ley que Él mismo ha impreso en nuestra naturaleza? Y la ha impreso, porque la vive Él mismo en el seno de su Trinidad Santísima. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están en diálogo continuo porque se aman. Y lo mismo hace Dios con nosotros. Nos habla por la Escritura, y nosotros le respondemos con nuestra oración. Entonces se entabla entre nosotros y Dios un diálogo amoroso, pregusto de la conversación eterna que mantendremos después.

Una expresión cristiana muy antigua nos dice que la Escritura es la carta que Dios nos manda desde el Cielo. ¿Con qué afán, con que curiosidad, con qué ilusión hemos de abrir el sobre que nos viene de tan lejos y del Ser más querido?… ¡Hay que ver las prisas con que abrimos el correo! Son pocos los valientes que hacen el sacrificio de esperar un rato a abrir la carta que les ha llegado, para hacerlo como una pequeña penitencia, como un pequeño sacrificio, que vale más que un ayuno… Pues éste debe ser el afán con que abrimos la Biblia para leer lo que nos dice nuestro Padre Dios.

Una carta se contesta siempre, al menos por educación elemental. ¿No hemos de contestar también la carta recibida de Dios? Nuestra contestación a la carta que hemos leído, llegada del Cielo, será la oración salida de los labios, una contestación que Dios nuestro Padre celestial espera con la misma ilusión con que nosotros aguardamos siempre el correo…

La lectura de la Biblia, entonces, se convierte en la fuente de nuestra oración.
Si Dios nos dice en la Biblia que nos ama, nosotros le respondemos diciéndole que también le queremos mucho.
Si nos dice que le ofende el pecado, le contestamos arrepintiéndonos de nuestras culpas.
Si nos dice que cumplamos su voluntad, le preguntamos qué quiere de nosotros y le prometemos que lo vamos a hacer.

La Biblia, de este modo, viene a ser el medio más poderoso para hacernos unos santos. Todo ha ido escalonado:
– ilusión por leer la carta que Dios nos ha escrito,
– contestación, con una oración amorosa,
– cumplimiento del querer de Dios, porque nos lo ha manifestado, nos ha convencido, y se lo hemos prometido con formalidad.

La Biblia, cuando así la leemos, se nos convierte en luz, en amor, en vida.
En luz, porque hace ver todo con el mismo pensamiento de Dios.
En amor, porque hace latir nuestro corazón al unísono con el de Dios.
En vida, porque si la Palabra de Dios arranca de nuestros labios otra palabra muy cortita, de sólo dos letras, un SÍ decidido, nuestra vida se convierte en la misma vida de Dios.

¡Lo que dice y hace esa carta llegada del Cielo! Con ella nos dormimos, mejor que con una última mirada al televisor. Con ella nos despertamos, mejor que con la tacita de café al lado…

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