Grandes, por bautizados

17. diciembre 2013 | Por | Categoria: Nuestra Fe

No hay duda de que todos queremos ser grandes. Grandes en todos los órdenes. Si puedo estar en el primer puesto, ¿por qué voy a estar en el segundo? Inconscientemente, esto lo sentimos todos. Por eso nos inventamos grandezas, que la mayoría de las veces no están más que en nuestra imaginación. Quiero ser y pienso ser el más brillante abogado, la más apreciada maestra, el futbolista mejor fichado, la cantora más popular, el político de más prestigio, la secretaria más cotizada de la oficina…

Este sentimiento es natural, y no significa precisamente ser una persona orgullosa y pagada de sí misma. Muchas veces no es más que un estímulo y un impulso que nos lleva a superarnos para ser grandes de verdad, y para llegar a la perfección humana que nos dignifica ante nuestra propia conciencia y ante el aprecio de los demás. Si esto es cierto, ¿no habrá alguna cualidad, alguna profesión, alguna manera de ser que nos haga grandes ante el mundo entero, y —¡vaya modo de pensar!— grandes ante el mismo Dios? Sí, hasta esto: ¿grandes hasta delante de ese Dios, que no tolera el orgullo y sólo se complace en la humildad?…

Esta reflexión tan larga, y estas preguntas algo incisivas, se me han ocurrido al leer la historia de una muchacha romana del tiempo de las persecuciones del Imperio contra la Iglesia. Una joven noble, de familia rica, muy distinguida en sociedad, que es acusada de cristiana y llevada ante el tribunal. El pretor le pregunta:
– ¿Eres tú Águeda, la noble?
– Sí, yo soy por dicha de esa familia noble que tú conoces.
– Y, al ser cristiana, ¿no te das cuenta de cómo rebajas tu dignidad?
– Precisamente soy noble, no por mi familia, sino porque soy cristiana. Por el Bautismo llevo en mis venas la sangre de Cristo y gozo de su misma nobleza.
Águeda, por supuesto, fue condenada a muerte. Y supo teñir en sangre sus encantos virginales, orgullosa de la grandeza que le confería el ser una bautizada. Ya se ve que Águeda, la simpática muchacha siciliana, nos está diciendo a todos, porque todos nosotros fuimos bautizados en Cristo Jesús:
– ¡Reconoce tu nobleza! Nadie te gana a grande, por dinero que tenga en el banco o por muchas páginas que llene su nombre en los periódicos. Yo tenía todo: riqueza de mi familia, buen nombre heredado de mi linaje noble. Pero, como Pablo, todo lo consideré basura al lado de lo que me ofrecía mi condición de cristiana, y lo que me dio el Bautismo de Jesucristo que recibí. Tiene razón Águeda al hablarnos así. Esto es precisamente lo que nos hace grandes en medio de nuestra humildad. El ser el mejor profesional o el mayor deportista, la mujer más distinguida o la artista más popular, todo eso no significa nada ante la grandeza de ser una persona bautizada.

Si leemos el Catecismo de la Iglesia Católica, nos quedamos pasmados al considerar los títulos de nobleza y de grandeza con que el Bautismo nos ha distinguido, y que el Catecismo nos expone (n.1213)

  • Nos liberó del pecado, primero de todo, y nos hace resplandecer como antorchas en un mundo que se aleja más de Dios. Nos arrancó del reino de las tinieblas, para hacernos pasar al reino de la luz en Cristo Jesús. Son expresiones de la Palabra de Dios, que nadie puede desmentir (Filipenses 2,15. Colosenses 1,13)
  • Nos regeneró como hijos de Dios, al hacernos nacer de una semilla incorruptible, que nos hace participar, como verdaderos hijos, de la misma naturaleza de Dios.
  • Nos ha hecho miembros de Cristo, parte de su Cuerpo; hijos de Dios en su Hijo; hijos de María en el Hijo de María, Jesús de Nazaret. No hay título nobiliario que se pueda parangonar con el nuestro. En nuestro escudo familiar no caben más glorias.
  • Nos incorpora a la Iglesia, Pueblo y familia de Dios, en la que tenemos todos los tesoros de Gracia que Jesucristo le confió.
  • Nos da el derecho a la herencia del Cielo, porque si somos hijos con Cristo, con Cristo somos coherederos de la vida eterna.

El Bautismo cierra la puerta de la condenación y abre la puerta de Jesucristo. Fue conmovedor un hecho de la Primera Guerra Mundial. Un joven se pega un tiro, yerra el blanco y, en vez del corazón, la bala la atraviesa los pulmones. Agoniza. Llega el capellán a tiempo, y se encuentra con que el muchacho no sabe nada de nada, ni si está bautizado o si es católico o protestante. Instruido por el Padre, recibe el Bautismo y el Padre le promete la Comunión para el día siguiente. Comulga, en efecto, y dice a los que le rodean:  ¡Ah, no he dormido en toda la noche pensando en Jesús y en el Cielo! Ahora soy feliz, después de haber sido un desgraciado. El Bautismo me ha llevado a Jesús y ahora me abre la puerta del Cielo. Tan miserable que era antes, y tan grande que me siento ahora…

Esto es para quedarse pasmados, a la vez que para sentirse comprometidos. Porque, como dice el refrán, nobleza obliga. Nuestra grandeza nos obliga a vivir conforme a lo que se nos ha dado y hemos recibido gratuitamente de Dios. Hoy estamos revalorizando en la Iglesia lo que significa y es el Bautismo: gracia recibida de Dios, que nos distingue, nos dignifica, nos engrandece. Los bautizados somos diferentes. Y nos preguntamos: ¿Somos grandes? Pues…, como grandes tenemos que actuar.

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