El Espíritu de la vida

16. diciembre 2013 | Por | Categoria: Dios

Al leer lo que el Concilio nos dice sobre la obra del Espíritu Santo en la Iglesia y en cada uno de nosotros, nos quedamos verdaderamente pasmados. ¿Es posible tanto amor y tanta actividad del divino Espíritu por nosotros? ¿Tanto le interesamos? ¿Y cuál será al fin la belleza de su obra, cuando la dé por terminada?
Esto quisiéramos considerar hoy en nuestra charla. Aunque no tenemos más que tomar esa página bellísima del Concilio y seguir sus líneas una por una.

Jesús ha cumplido la misión que le encomendara el Padre. Y, subido al Cielo, se dice para sí mismo el Espíritu Santo:
– Ahora me toca a mí. Jesús, con su Sangre, me ha merecido como don para su Iglesia. Él ha dejado comenzada su obra, y ahora me toca a mí el santificarla en todos sus miembros. No estaré en la tierra treinta y tantos años nada más como Jesús. Yo estaré allí hasta el fin los tiempos, para santificar indefinidamente a la Iglesia. Por mí tendrán acceso a Jesús los redimidos, y por Jesús al Padre. La obra de la salvación será, de este modo, obra de los Tres. El Padre tuvo la iniciativa, Jesús pagó por los pecados, y yo completaré todo lo que falta.

Así debió hablarse el Espíritu Santo. Y así lo hizo, así lo sigue haciendo y así lo hará hasta el final del mundo.  
Porque el Espíritu Santo vino a la tierra en Pentecostés con este fin bien determinado: comunicarnos  la santidad de Dios a todos los redimidos por Jesús. Vino, y comenzó inmediatamente su obra. Los que estábamos muertos al pecado empezamos a tener la vida, una vida abundante, comparada por Jesús a una fuente con un surtidor que salta hasta la vida eterna.

El Evangelio de Juan se encarga de decirnos quién es esta fuente y esta agua: es el Espíritu Santo, que se nos da en abundancia para que bebamos hasta apagar completamente nuestra sed, como la apagaron los israelitas en el desierto con el agua que brotaba de la roca golpeada por Moisés.

Lo primero que hace el Espíritu es traernos el perdón de Dios, como lo manifiesta Jesús apenas resucitado: Recibid el Espíritu Santo. Y dadlo a las almas con vuestra absolución. Porque sois vosotros —les dice a sus apóstoles y a todos los pastores consagrados de su Iglesia— quienes habéis de darlo para el perdón de los pecados, que no serán perdonados si vosotros los retenéis (J.20,22)

El Espíritu Santo, purificadas nuestras almas por su gracia, que nos mereció la Sangre de Jesús, se derrama en nuestros corazones y habita en ellos, igual que en toda la Iglesia, como en un templo, el cual va subiendo cada vez más poderoso en su construcción, hasta que quede terminado del todo al no quedar ya más piedras vivas en la cantera.  

Metido el Espíritu Santo en nuestros corazones, ahí está calladito, aunque, sin meter ruido, es el que mueve nuestros labios en oración constante a Dios, al cual llamamos ¡Padre!, y al poner esta palabra en nuestros labios, da testimonio de que somos hijos de Dios.
     Jesús nos dejó dicho cuál sería la obra principal del Espíritu Santo: guiar a la Iglesia hacia la verdad plena. Era un imposible que los apóstoles entonces y nosotros ahora entendiéramos todo lo que Jesús nos enseñaba. Pero Jesús nos tranquilizó: El Espíritu Santo, el que yo enviaré, os enseñará toda verdad (Juan 16,13)

     Y así vemos cómo a lo largo de los siglos la Iglesia no se ha desviado ni a la derecha ni a la izquierda de lo que le dejó enseñado Jesús. Y no solamente no se ha desviado, sino que ha ido comprendiendo cada vez con más claridad todo lo que le enseñó el divino Maestro.

Van apareciendo siempre en el mundo nuevas teorías, nuevas filosofías, que hoy son aceptadas y mañana rechazadas. En el terreno religioso, y amparándose en el mismo Evangelio, nacen muchas sectas, que tienen limitados los años de su existencia. La única institución que no varía en su fe es la Iglesia Católica.
No busquemos otra explicación de esta fidelidad a la doctrina revelada sino la asistencia continua del Espíritu Santo a la Iglesia de Jesucristo.

Al mismo tiempo que el Espíritu Santo guía a la Iglesia, la une en la misma fe y en el mismo amor, y la gobierna dotando a los fieles de todos los carismas que la Iglesia necesita. Los dones derramados por el Espíritu Santo son innumerables. Cada uno tenemos el nuestro propio. Todos sirven para el bien de todos, y todos de esta manera contribuimos al bien de toda la Iglesia, igual que toda la Iglesia está volcada sobre cada uno de nosotros.

Así renovada continuamente por el Espíritu Santo, la Iglesia aparece siempre joven ante el mundo. Tiene dos mil años, y está más moza que cuando tenía veinte… Porque el Espíritu Santo se encarga de que la Iglesia aparezca bella ante su Esposo Jesucristo, por el que le hace suspirar continuamente, ya que, como nos dice el Apocalipsis en su palabra final, es el Espíritu Santo quien le está impulsando a gritar: ¡Ven, Señor Jesús!…

Como vemos, con cada uno de estos puntos que nos ha dictado el Concilio, hay para meditar días y días sobre la acción del Espíritu Santo con nosotros. Jesús dijo a los apóstoles: Os conviene que yo me vaya, para que venga el Espíritu Santo (Juan 16,7)
No hemos salido perdiendo, ciertamente, con la ausencia visible de Jesús, ya que el Espíritu Santo se encarga de hacerlo bien presente en su Iglesia.
Y nosotros, felices con nuestro querido Espíritu Santo, le repetimos sin cansarnos: Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos —en nosotros— el fuego de tu amor.

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