Amarás

31. diciembre 2013 | Por | Categoria: Nuestra Fe

No deja de llamar la atención la formulación del Primer Mandamiento de la Ley de Dios, cifrado en una sola palabra: Amarás. Porque uno se pregunta: ¿es que necesitamos un mandamiento que nos obligue a amar, si nuestro corazón es un volcán, como esos volcanes que guardan en sus entrañas mares de fuego violentísimo y arrasador?… Si amamos tanto, ¿a qué viene el que se nos mande amar? Pues, aquí está lo interesante. Siguiendo la comparación de nuestros volcanes, lo importante es que el fuego del corazón siga ardiendo siempre y cada vez más.

Pero, si no queremos una catástrofe, se debe hacer que cuando el corazón, como el cráter, vomite fuego, que éste vaya bien dirigido hacia donde debe ir: hacia Dios y hacia el hermano. Como el amor se desvíe, y tome direcciones equivocadas, su fuerza inmensa nos puede llevar a la perdición más temida. Por lo muy sensibles que hoy somos al amor, el amor ha de preocuparnos en el mejor sentido de la palabra: amar cuanto más mejor, pero amar sin desvirar los caminos del corazón. Es notable la energía con que se nos manda amar: con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.  Este TODO resulta imponente.

El Catecismo de la Iglesia Católica, al enunciarnos este Primer Mandamiento, nos hace ver tres cosas íntimamente unidas:
– que Dios nos ha amado primero;
– que de este mandamiento se deducen los demás: los otros mandamientos no serán más que realización de este mandamiento primero;
– y que el cumplimiento de los Mandamientos es la respuesta de nuestro amor al amor de Dios: cuando cumplimos los Mandamientos es cuando estamos amando a Dios (2083,368,199 y 2087)
Siendo esto así, entendemos esas palabras geniales e inmortales de San Agustín:
– Ama, y después haz lo que quieras.
Palabras que son el mejor comentario a las palabras del mismo Dios por el apóstol San Pablo:
– Quien ama, ha cumplido toda la ley (Romanos 13,8-10)

Si miramos así, desde un principio, los Mandamientos de Dios, vemos que éstos son un verdadero regalo, como es un regalo de Dios el amor que sentimos en el corazón y que nos hace felices.  Vemos asimismo que nuestra vida está hecha de amor, que no hacemos más que amar, y que lo único que al fin nos va a quedar es el amor. Un gran poeta místico y gran santo lo expresó de una manera muy bella. Se establece un diálogo entre el alma y Dios.
– ¿Cómo te llamas?
– Amor.
– ¿A dónde vas?
– Al amor.
– ¿De dónde vienes?
– De amor  
– Si amor son todos tus bienes, y al amor vas y al amor vienes, fuera del amor, ¿qué tienes?  
– ¡Las obras de tanto amor! 
Que es como decir: soy amor, vengo del amor, no hago más que amar, y amor es lo que me quedará para siempre (Ramón Llull, traducido por Pemán)
Porque, al que ama a Dios le ocurre una cosa: encuentra a Dios en todo. No mira más que con los ojos del amor que lleva dentro del corazón, y el corazón encuentra a Dios en todas las cosas. Nos lo expresó el mismo poeta con belleza sin igual:
Vi una azucena y creí – que el Amado estaba en ella; – vi luego una rosa bella – y pensé que estaba allí;  –  luego en un claro alhelí  – y en un río y una estrella…. – ¡y era porque estaba en mí!

Cuando los Mandamientos se ven como un regalo del amor de Dios, como un camino para el amor y como una demostración del amor nuestro a Dios, no resultan nada difíciles. La vida moral, que tanto miedo podría producirnos, pierde todo su aspecto duro cuando se la mira bajo el prisma de este Primer Mandamiento, pues, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, nuestra vida moral tiene su fuente en la fe en Dios que nos revela su amor. La moral cristiana no es complicada, como de fórmulas matemáticas, sino de lo más sencillo que existe: amo, y lo tengo hecho todo…

Hoy estamos presenciando un fenómeno que no deja de ser algo preocupante. Cuando se habla del amor de Dios, se lleva siempre el pensamiento hacia el hermano, como si el hermano fuera el camino necesario para amar a Dios, y Dios no pudiera o no debiera ser amado por Sí mismo. Esto es un equívoco y puede prestarse a malas consecuencias. Cierto que Dios nos exige el amor a los demás como demostración del amor que le tenemos a Él. Pero Dios, Dios en Sí, es el objeto primero y directo de nuestro amor.

Si hablamos del Primer Mandamiento  —Amarás—, no podemos terminar sino expresando a Dios nuestro amor. Si le decimos: ¡Dios mío, te amo!, nuestro desahogo se convierte en una súplica:

– Oh mi Dios, dame tu amor; lo demás… no vale nada.

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