Amando a la Iglesia

18. diciembre 2013 | Por | Categoria: Iglesia

Dicen que el Papa Pablo VI, en nuestros propios días, casi se extasiaba cuando hablaba de su gran amor: ¡La Iglesia! ¡La Iglesia!…
Otro Papa, antecesor del Papa Pablo VI, el querido San Pío X, cuando al principio del Siglo XX empezaron a desatarse las persecuciones contra la Iglesia, le decía a su Secretario, también un santo:  – ¡Juntos sufriremos por la Iglesia!.No hay para menos. Porque amar a la Iglesia y sufrir por ella es amar a Jesucristo y sufrir por Él. Porque la Iglesia es la gran pasión de Jesucristo, que se pierde de amores contemplando su Iglesia, la Esposa que Él se está preparando para siempre… Por la Iglesia murió Jesucristo.
La Iglesia brotaba de su costado rasgado por la lanzada en el árbol de la cruz, como salía Eva del costado de Adán dormido bajo las frondas del paraíso.
Jesucristo le daba a la Iglesia el Espíritu Santo para que la santificara hasta el fin de los tiempos. Por la Iglesia se quedaba Jesucristo de mil maneras en el mundo, sobre todo en el Sacramento del Altar, para estar siempre con ella. Y la Iglesia, correspondiendo al amor de Jesucristo, no cesa de clamar, como una novia locamente enamorada, pidiendo que llegue pronto el día de la boda definitiva, tal como lo expresa la última palabra de la Biblia, al final del Apocalipsis: -¡Ven, Señor Jesús!…

Si esto es así, porque así nos lo dice la Palabra de Dios, ¿no debe ser la Iglesia para nosotros objeto de un nuevo amor? Nuevo, no; porque debe ser el mismo amor que tenemos a Jesucristo, y que se lo manifestamos amando a su Iglesia como la ama Él. Nuevo, no; porque el amor que tenemos a la Iglesia es el mismo amor que tenemos a los hermanos, a los que vemos formar parte, y ser parte, de esa Iglesia de Jesucristo. Nuevo, no; porque es el mismo amor que nos tenemos a nosotros mismos, ya que nosotros somos la Iglesia. Nosotros amamos a la Iglesia tal como ella es. Tal como la instituyó Jesucristo. Tal como la hemos hecho y la estamos haciendo los hombres. Con el amor a la Iglesia nos pasa, nos debe pasar, como con la madre que nos dio el ser. Para amar a la madre no existen razones. A la madre se la ama sin más. ¿Por qué? Porque es mi madre, ¡y basta!.

Es verdad que amamos a la Iglesia que tiene un elemento o una parte divina: Jesucristo, su Fundador y su Cabeza; María, la incomparable Madre de la Iglesia; los Santos del Cielo, nuestros hermanos que ya triunfaron. Amar a esta Iglesia no cuesta nada. En ella es todo grandeza, todo es santidad, todo es gloria. Ese amor cuesta muy poco.

Lo interesante es amar a la Iglesia que vemos aquí, la que formamos nosotros en la tierra. La que está llena de grandes santos y… también de muchos pecadores. Y es que no debemos olvidar que Jesucristo depositó todos los bienes de su Gracia en hombres de condición pecadora. Y en la Iglesia habrá siempre debilidades que lamentar. Habrá cosas que no nos gustan a todos. Jesucristo, que sabía esto muy bien, dejó en su Iglesia el perdón, y si dejó el perdón es porque Él sabía que nosotros seríamos unos pecadores, pero llamados a la santidad. En medio de nuestras debilidades, sabemos cantar con razón:
– Vive en nosotros la fuerza del Espíritu, que el Hijo desde el Padre envió. Él nos empuja, nos guía y alimenta. ¡Iglesia peregrina de Dios! Peregrina con debilidades, pero también llena del Espíritu del Señor. Pues, aunque seamos pecadores, nos ponemos en actitud de conversión, queremos ser unos santos, y lo conseguimos con la gracia de Dios. Jesucristo se encargará de que la Iglesia su Esposa se presente al final ante Él sin mancha ni arruga, sino toda llena de esplendor, como la Esposa más bella, Esposa como jamás ha existido otra, para el Esposo más galán que es Cristo Jesús.

Un escritor ruso nos cuenta una bella parábola. Aquel cazador estaba junto al bosque que daba al río caudaloso. Se le acerca en éstas una buena mujer, ya anciana, y le pide humilde y con insistencia: – ¿Por qué no me llevas a la otra parte del río? Mira, allá está el campo que era de mi padre, donde quisiera morir y ser enterrada., junto a la casa que él tenía. El cazador se conmueve, mientras se va diciendo: ¡En la casa de su padre, en la casa de su padre!…
Y se ofrece a pasarla. Aunque la viejecita que no era más que huesos y piel, empieza a pesar, a pesar… y casi no puede con ella. Pero, al fin alcanza la otra orilla. Al bajarla de sus hombros, la mujer pobrecita y anciana se había convertido en una joven preciosa y llena de vida. Era la Iglesia que alcanzaba la mansión eterna de Dios…

¿Cuál será nuestro premio si amamos a la Iglesia? Si la amamos, un día moriremos en su seno, que es la gracia de las gracias. Lo entendió como nadie nuestra gran Teresa de Jesús, que a punto de marchar de este mundo, exclamó jubilosa: ¡Por fin, muero hija de la Iglesia!… Morir en el seno de la Iglesia Católica, ¡eso sí que es tener segura la salvación eterna!…

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