¡La Iglesia! ¡Mi Iglesia!…

4. diciembre 2013 | Por | Categoria: Iglesia

Aquel Obispo llevaba una vida inexplicable y heroica. Trabajaba sin cesar. No se daba reposo en recorrer su vasta diócesis, lo mismo en las ciudades que en los campos. Predicaba, sufría, se agotaba. Comía pobremente, dormía poco. Y se le preguntó:
– Pero, Monseñor, ¿por qué se mata así? No va a poder resistir, y nosotros le necesitamos. Piense en la Iglesia.
– ¡Precisamente! ¡La Iglesia es lo único en que pienso! Porque quiero tener el corazón de Cristo, quiero hacer lo que hizo Él. Si, como nos dice San Pablo, “Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella”, a mí no me queda otro remedio que hacer lo que Jesucristo hizo. ¡La Iglesia! ¡Mi Iglesia! Por ella vivo y muero.

Este Obispo santo, gloria de nuestra Iglesia Católica, no hace otra cosa, con sus palabras y su vida, que señalarnos un ideal: ¡La Iglesia!
Ideal que nosotros ciframos en estos términos: ¡Conocer nuestra Iglesia! ¡Amar a la Iglesia! ¡Llenarnos de la vida de la Iglesia! ¡Ser Iglesia! Hasta tener la dicha de morir en la Iglesia como hijos suyos, cuando dejemos la Iglesia de la Tierra para pasar definitivamente a la Iglesia del Cielo.

La Iglesia fue el gran designio de Dios Padre, que dispuso convocar a los creyentes en Cristo dentro de la Iglesia santa.
La Iglesia fue la ilusión de Jesucristo, que la amó hasta morir por ella, ¡por su Esposa!… (Efesios 5,25)
La Iglesia fue la gran obra del Espíritu Santo, que se derramó sobre ella en Pentecostés, y la lanzó al mundo para extender por todas partes el Reino de Dios.
La Iglesia, nacida del costado de Cristo dormido en el árbol de la Cruz, y manifestada por el Espíritu, es la congregación de todos los creyentes, que saben cantar el misterio eterno escondido en Dios, y revelado por el mismo Dios en los últimos tiempos:
– Todos unidos, formando un solo cuerpo, un pueblo que en la Pascua nació; miembros de Cristo, en sangre redimidos, Iglesia peregrina de Dios.

La Iglesia tiene la gran misión de vivir y de anunciar a Cristo en el mundo, para que el mundo viva de Cristo y se salve.
La Iglesia no se encierra en sí misma. Dentro de sus entrañas lleva la vida que Cristo le ha comunicado, para que la alumbre a todas las naciones.
La Iglesia, Jerusalén celestial, ve cumplida en sí la profecía bíblica de Isaías:
– El monte del templo del Señor será elevado sobre todas las montañas y colinas. Lo verán las naciones, y dirán: ¡Venid, subamos al monte del Señor! ¡Venid, caminemos a la luz del Señor! (Isaías 2,1-5)
Hoy el mundo mira a la Iglesia como una esperanza.
No hay institución con la autoridad moral de que disfruta la Iglesia de Cristo.
Y esto, para nosotros, católicos, es una seguridad y un compromiso.
Una seguridad, porque vemos la firmeza de nuestra vocación.
Y un compromiso, porque nos impone el vivir acordes con nuestra vocación cristiana, ya que de nuestra fidelidad depende la salvación del mundo. Lo sigue diciendo nuestra canción: Somos en la tierra semilla de otro Reino, somos testimonio de amor. Paz para las guerras, y luz entre las sombras, ¡Iglesia peregrina de Dios!.

La Iglesia, conforme a una comparación tan antigua como el Evangelio, es la barca en que se salvan del naufragio los que navegan por el mar del mundo. Los grandes Doctores de la Iglesia lo dijeron hace ya muchos siglos.
Así, un San Ambrosio nos enseña:
– Cuando las tempestades amenazan tragar a todos, la nave de la Iglesia ofrece a todos un puerto seguro de salvación.
Y San Agustín decía de sí mismo:
– La nave es la Iglesia; el mar es el mundo; mi seguridad está en no salirme jamás de la nave.

Esta seguridad propia se convierte en un deber: trabajar para que todos entren en la nave, sin que nadie se salga de ella.
De tal manera nos han de ver seguros los que se sienten tentados a abandonar la embarcación, que por nada se les ocurra salirse de la barca de la Iglesia Católica, para nadar por su cuenta, o montarse  en otras barquichuelas, tal vez bonitas y pintadas muy a la moda, pero inseguras completamente.
Nos han de ver de tal manera contentos los que están fuera de la Iglesia Católica, que sientan verdaderas ganas de asaltar nuestra nave, porque la ven segura del todo.

Es cierto que la salvación de una persona puede venir por medios para nosotros desconocidos. Dios es poderoso para hacer llegar la redención de Jesucristo por caminos para nosotros totalmente ignorados.
Pero siempre será cierto que la Iglesia ha sido puesta por Dios en el mundo como sacramento universal de salvación. Y que pertenecer a la Iglesia, vivir en ella y perseverar en la misma, es la garantía más fuerte que existe para asegurarse esa salvación que es la meta de nuestra existencia.

Muchas veces vamos a hablar de nuestra querida Iglesia en estos mensajes. Hoy, nos quedamos con este consejo que el gran San Agustín prende en nuestros pechos, como un dije de oro y piedras preciosas:
-¡Amad a la Iglesia! ¡Sed fieles a la Iglesia! ¡Sed Iglesia!…

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