Dios es grande, muy grande

14. octubre 2013 | Por | Categoria: Dios

Nunca olvidaré la impresión que nos causó una vez aquel sacerdote ejemplar y expositor de primer orden. Escuchar una conferencia suya resultaba un festín del espíritu. Y no mucho antes de morir nos dirigió una charla inolvidable. Como si presintiera que su vida llegaba al fin, aunque estaba rebosante de salud, aquel día se le ocurrió hablarnos de Dios como término final de nuestra existencia. Nos decía:
– Dios nos ha creado para Sí, vamos hacia Dios de manera imparable, y en Dios tenemos que caer de manera irremediable.
Hasta aquí no nos decía nada nuevo. Esto lo hemos oído mil veces en la predicación de la Iglesia. Fueron las palabras siguientes las que nos dejaron a todos muy pensativos. El Padre entornó los ojos, se puso grave, y añadió esta sentencia tan profunda:
– ¡Qué grande tiene que ser Dios para que el Cielo no hastíe ni el Infierno habitúe!

No dijo más, pero tampoco dijo menos. Todos quedamos grandemente impresionados. Cuando a las pocas semanas fallecía aquel Padre tan querido de nuestro grupo, uno de los oyentes de la conferencia pidió la palabra después del funeral, y lo despidió en nombre de todos nosotros:
– Sí; ahora ya está gozando de ese Cielo que no le hastiará nunca, porque Dios, que lo ha recibido en él, es tan grande como la eternidad, y durante toda la eternidad le resultará el Cielo siempre nuevo a nuestro querido Padre, porque el Dios infinito le mostrará en su gloria horizontes cada vez más nuevos.

Traigo este recuerdo personal como un homenaje a aquel celoso sacerdote que tanto influyó en nuestras vidas jóvenes. Pero lo traigo también para plantearnos —creo que como es debido— ese problema tan serio de la salvación que proclamamos los cristianos.

Es cierto que no todos gustan hoy de tema semejante. Pero, ¿no vale la pena que lo miremos como lo mira Dios? Dios nos ama, y porque nos ama —pues Dios es amor—, nos quiere tener junto a Sí para dársenos en una felicidad que no tendrá fin y que no podrá cansarnos nunca, porque es felicidad inagotable, inacabable y siempre nueva.

Es también cierto que el apóstol San Pablo nos advierte que debemos trabajar con temor y temblor el asunto de la salvación. Pero, ¿por qué? No porque Dios nos quiera perder, sino porque nosotros le podemos fallar a Dios, y entonces perderíamos a Dios para siempre. Y ese alejamiento de Dios —que se habrá elegido para sí voluntariamente quien se haya perdido—―no será una broma, por de pronto, puesto que nunca, nunca se acostumbrará a vivir sin ese Dios que era el término obligado de su existencia eterna.

Con esa esperanza firme que Dios nos infundió en el Bautismo, nosotros miramos llenos de optimismo la vida, la cual tendrá un final tan apoteósico como la entrada en la Gloria que Dios nos tiene alistada a los suyos: a los que le amamos; a los que le obedecemos; a los que le buscamos de corazón; a los que pensamos continuamente en Él; a los que no se nos cae la plegaria de los labios; en una palabra, a los que hemos hecho de Dios la ilusión de nuestra vida.

Cuando así miramos la vida, sabemos dar valor a todos los acontecimientos, porque todo lo que nos ocurre, como nos dice San Pablo, Dios lo ordena para bien de los elegidos. Por todos los acontecimientos —unos muy agradables, como una boda feliz, y otros muy desagradables, como un terremoto o un ciclón que nos deja sin nada—, Dios nos va llevando suavemente hacia la salvación. Y al conseguirla, ¿qué nos importarán todas las cosas? Las bendeciremos, por torturantes que hayan sido, si han sido la providencia de Dios para nuestra salvación.

En los días tristes del huracán Mitch, algunos desaprensivos de las sectas lo atribuyeron a castigo divino. El Arzobispo de Honduras hubo de salir vigorosamente en defensa de los católicos afectados por la acusación, que demostraron una fe y una resignación heroicas ante la catástrofe, besaron la mano de Dios y merecieron de Dios dones abundantes de gracia. La desgracia fue muy grande, pero demostró ser mucho más grande la fe de los creyentes, de los cuales decía el Arzobispo: No he oído a uno solo que se haya quejado de Dios. Y así consiguieron esa salvación que Dios da espléndidamente a quienes se fían de Él (Monseñor Madariaga, en Vida Nueva 23 Enero 1999)

Es aleccionador a este propósito lo que le ocurrió a aquella norteamericana, tan célebre en sus días. Tenía una hija, habida de su primer matrimonio, y heredera de una fortuna nada menos que de unos cincuenta millones de dólares… Pero la hija afortunada muere en un accidente y se pierde toda aquella herencia fabulosa. Sin la hija y sin la esperanza de aquella suma enorme, la madre queda en el desespero.
Ha oído hablar del famoso Monseñor Fulton Sheen, el obispo católico de la radio y de la televisión, le pide una entrevista y, nada más verla, le suelta su slogan famoso: ¡Dios la ama! La señora responde furiosa: Si Dios me ama, ¿por qué se me ha llevado a mi hija Ana? Monseñor, sin inmutarse, le contesta sereno: ¡Para que usted se salve! Su hija ha pagado con su vida la gracia de la salvación de usted. La señora reflexiona, acepta la razón aducida por Monseñor, y abraza la religión católica. Y católica ferviente, desempeña después con responsabilidad y con tanto aprecio el cargo de Embajadora del Presidente Eisenhower en Roma y en Brasil (Clara Booth)

La salvación nos hace ver lo grande que es Dios. Y es para nosotros un estímulo fuerte en las luchas de la vida. Podrá ésta presentarse problemática, pero la salvación futura nos da vigor para afrontar todas las dificultades. Nada ni nadie puede contra nosotros, si Dios se pone a nuestro lado. Y cuando estemos con Dios, entonces veremos que Dios no nos cansará nunca, nunca…

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