Defendiendo nuestra fe

30. septiembre 2013 | Por | Categoria: Dios

Con mucha frecuencia manifestamos nuestra preocupación por el alejamiento de Dios que padecen grandes sectores de la sociedad moderna en los países más avanzados económicamente. Como quiera que las modas —tanto las del vestido como las del espíritu— se extienden tan rápidamente, notamos que esa indiferencia religiosa se apodera también poco a poco de muchas personas en nuestros mismos países. Nos preocupa el fenómeno, y nosotros queremos detener el mal antes de que se haga demasiado tarde. De aquí nuestra insistencia en presentar a Dios como el único apoyo seguro de nuestra vida, lo mismo personal que social.

¿Podemos imaginarnos a nuestra sociedad sin la fe en Dios?
¿Podemos pensar que nuestra patria va a dejar de creer en Dios?
¿Podemos tolerar que el progreso humano, la economía y el bienestar vengan a desplazar de nuestras vidas a Dios?…
El día en que esto ocurriese habríamos perdido los valores más preciados, habríamos perdido hasta la propia cabeza…, como decía un escritor muy autorizado:
– Obligado a revisar todas las razas humanas, he buscado el ateísmo entre las más inferiores y las más superiores: no he hallado el ateísmo en ninguna raza, sino en algún individuo particular. Es un hecho comprobado: el ateísmo se encuentra sólo en el estado de desorden mental (Quatrefages)
Es muy posible que este autor nos haya dado con esta última palabra la verdadera razón de lo que pasa hoy en esos que se alejan de Dios: la  pérdida de la mente, porque antes se ha perdido el corazón.
Si el mundo empieza a recobrar los valores morales, entonces volverá también Dios a ocupar el lugar que por derecho le corresponde en la sociedad.

A nosotros, los que creemos en Dios y lo amamos, nos cuesta hasta imaginarnos cómo puede haber en nuestra sociedad algunos que no aceptan a Dios. Si no creen, ¿por qué no creen? Y si creen, ¿por qué prescinden de Dios y no hacen ningún caso de Él?…
Cuando empezó a correr la teoría de la evolución, algunos sacaron la conclusión de que Dios no había intervenido para nada en la creación del mundo y que Dios ni existía.

Un misionero en la india explicaba eso a unos indígenas, que por más de cinco mil años habían conservado la fe en Dios con la sola luz natural. El misionero hizo más, y les leyó lo que de ellos escribía un inglés: dice que ustedes, los indios, no creen en Dios. Uno de los oyentes interrumpe como una fiera al misionero:
– Padre, ¿qué asno escribió ese libro?
– No es ningún asno, pues un burro no puede escribir. Se trata de un señor instruido.
El indio replica con mucha más fuerza y enojo:
– Si es un hombre instruido, ¿cómo puede escribir tamaña necedad? No puede haber hombres que no sepan que hay Dios (Padre JB Hoffmann SJ)
Nosotros le damos plenamente la razón a este hindú tan valiente. Pero nuestra preocupación nos viene de que muchas personas en nuestra sociedad están perdiendo la fe en Dios, una fe que antes tenían, y que ahora se apaga en sus mentes porque les llega a estorbar…
Mientras en algunos pueblos, antes tan cristianos, se va olvidando poco a poco a Dios, hay pueblos de culturas más rudimentarias que conservan una fe inquebrantable en el Ser supremo. En una población muy primitiva del Japón, no se sientan a la mesa sin hacer antes esta bendición:
– Oh Dios, nuestro sustentador, yo te doy gracias por esta comida. Bendícela para mi provecho.
El investigador que se metió en ese pueblo y observó bien sus costumbres, escribía después:
– No he encontrado nunca a nadie de este pueblo que antes de tomar el alimento no haga sus saludos, no honre a Dios y no le dé gracias por sus (Batchelor con los Ainos de Japón)
Como nosotros queremos perseverar en nuestra fe cristiana y católica, sin que nos lleguen a afectar esas modas modernas de prescindir de Dios, nos preocupamos también de conservar esas costumbres que mantienen viva la fe en Dios. Y ese hindú que escuchaba al misionero y ese japonés que rezaba a sus dioses, nos imparten quizá la mejor lección sobre lo que hemos de hacer.
Igual que el hindú, hay que escuchar al que nos habla de Dios, a la Iglesia que nos predica siempre la Verdad de Jesucristo. Hay que leer la Biblia como Palabra de Dios. Porque conectar con Dios que nos habla, es hacer que la fe no se apague nunca.

Y como el japonés, sabemos conservar esas costumbres tan bellas y tan profundas de nuestros pueblos, como es el bendecir la mesa o el rezar cada día al levantarse y al ir a dormir. O el de adornar la casa con cuadros piadosos. Y no decimos nada de cosas más importantes como la Misa dominical. O de esas manifestaciones como es una procesión en las fiestas religiosas… Al parecer, estas cosas son de poca importancia, y algunos las tienen como propias de gente menos preparada. Y hasta dicen que para estar al día hay que prescindir de todo eso… Pero esas cosas, que parecen tan sencillas, son las de aquellos que aceptan la fe como los niños, de los cuales dice Jesús que son los únicos que entran en el Reino de los Cielos…

La fe en Dios es el tesoro más grande de nuestras tierras cristianas, y nosotros la defendemos con tesón. Mientras estemos con Dios, tenemos la salvación en nuestras manos y no la queremos perder.
¡Dios! Que Dios no nos falle. Y Dios, el Fiel, no falla. ¿Por qué le vamos a fallar nosotros?

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