El colmo de los sueños

26. agosto 2013 | Por | Categoria: Dios

Nuestro Señor Jesucristo, al hablarnos de Dios su Padre, y al proponernos a nosotros como ideal el ser nada menos que como Dios, no se ha quedado corto que digamos. Nos ha dicho simplemente:
– Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial (Mateo 5,48)
¡Como quien no dice nada!… Al joven aquel le dice Jesús:
– Solo Dios es bueno.
Igual que si le dijera:
– Mira a Dios, y ahí tienes el ejemplar… Sé tú como Dios…
Y esto es efectivamente lo que le dice después:
– Si quieres ser perfecto…, ¡venga, anímate, a ser como yo y a contentarte sólo con Dios!…
Muchos años antes de Jesucristo, Dios se le había aparecido a Abraham, y le había dicho:
– Camina siempre en mi presencia, y sé un hombre perfecto (Génesis 17,1)

¿Nos damos cuenta de lo que Dios nos dice de Sí mismo y lo que nos pide a nosotros con todos estos pasajes de la Biblia?… Dios abre ante nuestros ojos un cielo de perfecciones inimaginables, pero también nos muestra un deber y nos ofrece un programa de vida: ¡Ser como Dios!
Y no digamos que esto no puede ser, porque es imposible que el hombre sea como Dios. Nos engañaríamos, si pensáramos así. Dios se ha reflejado en Jesucristo, y Jesucristo nos viene a decir:
¿Buenos como Dios?… Miradme a mí, y sed como yo.
¿Bondadosos como Dios?… Miradme a mí, y actuad como yo.
¿Amorosos como Dios?… Miradme a mí, y amad como amo yo.
¿Puros, con la inocencia de Dios?… Miradme a mí, y sed limpios como yo.

El mayor orgullo que siente un padre es cuando le dicen:
– ¡Pero, si este hijo es igual que tú! ¡Pero, qué hija de su padre esta chica!…
Y al decir esto, no olvidamos que Dios ha creado a nuestro padre y a nuestra madre a imagen y semejanza suya. Es decir, en la paternidad y en la maternidad humanas nos ha dicho lo que es su paternidad divina respecto de nosotros.
Por eso, el orgullo mayor de Dios es cuando ve Él y ven todos los hombres reflejadas en nosotros las perfecciones de Dios nuestro Padre.
Por eso también, Dios no ha podido darnos otro modelo para nuestras vidas más que Él mismo, tal como se nos ha revelado en Jesucristo.  

Todos sabemos la influencia que tienen en nuestra vida los grandes modelos.
Un militar mira siempre a Alejandro Magno, a Julio César o a Napoleón…  
Un pintor, no aparta los ojos de los frescos o de los cuadros de Vinci, de Miguel Angel, de Velázquez, Goya o Picasso…
Un literato lee y relee a Virgilio, Shakespeare o Cervantes…
Un deportista, mira a… (aquí ya no pongo nombres)…  Y una artista mira a la estrella más rutilante de Hollywood o a la figura más llamativa de la pasarela…
Todo esto es muy natural, y esos hombres y mujeres más distinguidos de la Humanidad son un reclamo que nos estimula y nos arrastra.
En la Iglesia hacemos nosotros lo mismo. El contemplar a las grandes figuras del calendario —como los Franciscos, Ignacios y Teresas— es un fenómeno que sólo se da en la Iglesia Católica. Pero la misma Iglesia nos dirá siempre que todos ellos no son más que unos imitadores de Jesucristo y que al final resultaron perfectos con la perfección de Dios.

El cristianismo no es una religión de adoradores, como la religión de un mahometano, que adora a Alá y se da por satisfecho. No; nuestra religión es vida divina hecha vida nuestra, hasta convertirnos en un reflejo del Dios que vive en nosotros.
Si decimos que el ser nosotros como Dios —tal como nos lo pide Jesucristo—, es un orgullo para Dios nuestro Padre, para nosotros es la gloria máxima a que podemos aspirar, ya que nos confiere también una dignidad única.

Un Santo esposo y padre de familia le dirigía a Dios esta plegaria:
– ¡Oh Dios quítame lo que me aparta de Ti! ¡Oh Dios, dame lo que me impulsa hacia Ti! ¡Señor, tómame a mí mismo, y hazme posesión tuya! (San Nicolás de Flüe)

Es la fórmula perfecta para llegar a la perfección de Dios y ser nosotros perfectos como Dios. ¡Fuera todo lo que nos aparta de Dios! ¡Venga todo lo que nos lleva a Dios! ¡A meternos dentro de Dios, hasta pasar el día en un trato continuo con el Dios, que llena cielo y tierra y está escondido en nuestro corazón!…

Diremos que esto ya no es vida de la tierra sino del Cielo. Y así es. Porque ésta es nuestra vocación cristiana. A esto aspiramos. Ésta será la coronación de nuestra vida si somos fieles a la Gracia de Dios que se ha manifestado en nosotros. Éste es el ideal supremo a que una criatura puede aspirar, y ese ideal es el nuestro.
Entonces, ¿hay algún soñador tan grande como el que quiere ser nada menos que como Dios?…

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