¡Dios lo sabe!

19. agosto 2013 | Por | Categoria: Dios

Nuestros pueblos creyentes tienen en su lenguaje esta expresión que no se les cae de los labios: Dios lo sabe… Y con estas dos palabras —¡Dios lo sabe!— hacen la profesión de fe en un atributo divino que, si es una glorificación grande de Dios, es también para nosotros una fuente de seguridad, de esperanza, de paz. Es un juramento discreto, a la vez que firme, con el cual nuestra gente confiesa
– que Dios es sabio, sapientísimo;
– que conoce todas las cosas, toda nuestra vida, que no le engañamos, que es el mejor testigo;
– que todo lo ordena con una providencia amorosa, con la cual vela siempre por nosotros.

La Palabra de Dios en la Biblia lo repite continuamente: -La sabiduría de Dios es grande… El Señor es el que con su sabiduría ordenó el mundo y extendió los cielos con su inteligencia… (Eclesiástico 15,19. Jeremías 10,12)
Tantas expresiones como éstas, se resumen en la gran alabanza del apóstol  San Pablo: -¡Oh profundidad de los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, cuán inapelables sus caminos! (Romanos 11,33)
Y Dios, que nos quiere sabios como Él, con la sabiduría suya, nos dice finalmente: -Mira, la verdadera sabiduría consiste en honrar al Señor, y la inteligencia en apartarse del mal.

¿A qué vienen estas citas de la Biblia? Pues, a esto: a confiar en Dios, que nos ama, y ante cuyos ojos está desnuda nuestra vida entera. Porque Él es sabio y ordena todas nuestras cosas para nuestro bien; nos defiende de todos cuantos pretenden hacernos un mal; y nos invita a verlo con un corazón limpio, en medio de un mundo que lo desconoce porque ensucia voluntariamente el corazón.

Vemos, ante todo, la necedad de los que niegan a Dios. Pero, ¿es que no ven en todas partes la sabiduría de Dios?
Uno de los mayores sabios que ha tenido el mundo estaba contemplando embobado una maqueta extraordinaria del firmamento, cuando se presenta un incrédulo, que pregunta admirado: -¿Quién ha hecho esta maravilla?
Y el sabio creyente responde con una sola palabra: -Nadie (Newton)
Ante la contestación maliciosa, seca y malhumorada del sabio creyente, el presumido descreído se calló para siempre.

No descubrir a Dios en todas las cosas es de gente necia, aparte de impía, que ven el reloj y son capaces de decir que no ha existido el relojero, ordenador de las piezas…
Pero no es esto lo que nos interesa ahora, sino las consecuencias que tiene en nuestra vida el creer o no creer en la sabiduría de Dios.
Y comprobamos, antes que nada, el ningún fundamento que tiene eso de creer en el acaso, en la casualidad, en el destino, en la fatalidad, creencia que lleva a la práctica, por ejemplo, del horóscopo, de las cartas, igual que el horror al número trece o la confianza en la herradura.
Y así tantas cosas más que, para llamarlas de la manera más suave, hemos de decir que son una necedad o un error lamentable.
Muchas personas, por niñerías semejantes, dejan de creer en la providencia de Dios, el cual conoce todas las cosas y las dispone o permite sabia y amorosamente para nuestro bien.

Puede venir también en la vida una tentación dolorosa cuando no entendemos muchas cosas que nos suceden. ¿Ha de fallar entonces la fe? ¿Hay que dudar de que Dios nos ama? ¿Hay que pensar que Dios se ha ausentado? ¿Hay que sospechar de que Dios no está al tanto de todo?…
No hablamos de los que se quejan de Dios y hasta quisieran corregirle la plana de las cosas que Él hace. En eso no caemos nosotros, gracias a Dios.

Los que pretenden corregir a Dios, se parecen al zapatero que sabía su oficio pero no entendía nada de arte. El más famoso pintor de la antigua Grecia exhibió un cuadro que llamaba poderosamente la atención. Admitió gustoso las críticas e iba corrigiendo detalles según las observaciones que se le hacían. El zapatero en cuestión, orgulloso y tonto a la vez, criticó lo más bello de la pintura genial, y el artista le dio una respuesta que se ha convertido en un refrán muy sabio: -Zapatero, a tus zapatos… (Apeles)

Pero, si nosotros no nos quejamos de lo que Dios hace con nosotros, sí que a lo mejor nos falta confianza para fiarnos de Él de manera absoluta y sin miedos. Dios tiene sus caminos, y nosotros hacemos bien en dejarnos llevar por Él. Dios hace las cosas más disparatadas e incomprensibles para nosotros, pero están dirigidas por una inteligencia que sabe hacia donde va, que no es otra cosa que nuestra salvación.

Y, finalmente, la gran sabiduría nuestra es ser sabios con la sabiduría de Dios. La cual es tener el corazón limpio, para descubrir a Dios en todo y que todo nos haga ver claramente a Dios. Es la gran bienaventuranza de Jesús:
– ¡Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios!

¡Dios lo sabe! es una expresión muy sabia de nuestro pueblo. ¡Y Dios quiera que nosotros seamos tan sabios que sepamos todo con la sabiduría del mismo Dios, el cual confía sus secretos a los humildes que de Él se fían!…

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