Amarte y hacerte amar

8. julio 2013 | Por | Categoria: Dios

Muchas veces se nos ha repetido, con palabras tomadas de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, cuál es el fin por el que Dios nos ha creado, y que ha pasado a ser la primera afirmación de todos los libritos de Catecismo que aprendemos desde nuestra niñez: Dios nos ha creado para conocerle, amarle y servirle en este mundo, y gozarle después en el Cielo.
En unas palabras tan sencillas hay una profundidad inimaginable. Ya pueden ponerse a discurrir los mayores sabios, que no van a decir nada más preciso y verdadero sobre una cuestión que preocupa a tantos: ¿Qué sentido y que fin tiene mi vida?…

Esto que para nosotros es tan claro, es para otros un enigma indescifrable. Como le ocurrió a aquel europeo que fue de turista al Africa, en tiempo de las colonias, y desde la terraza de un hotel del Senegal ve a un negro que se dirige a la iglesia.
– ¿A dónde vas, tonto?
– Yo ir a la iglesia.
– ¿Y por qué tienes que ir a la iglesia, si allí no te dan nada?
– Yo ir a la iglesia porque yo amar a Dios.
– ¿Tú crees en esas tonterías, salvaje estúpido?
El negro se planta con orgullo, y responde señalando con el dedo a su atrevido interlocutor:
– Tú, blanco europeo; yo, negro. Tú ser el salvaje.

No pudo decirlo mejor este hijo de la selva, conocedor y amante de Dios.
El Catecismo de la Iglesia Católica desarrolla este pensamiento en sus tres primeros números y lo hace también de manera magistral. Todo se resume en estas tres afirmaciones:

Primera. Dios nos ha creado por amor y nos incita a conocerlo y amarlo con todas nuestras fuerzas, a fin de que heredemos su vida bienaventurada.

Segunda. Para que consigamos este objetivo que se ha propuesto Dios, ha mandado al mundo a su Hijo Jesucristo, ha derramado el Espíritu Santo y ha encargado su mensaje a la Iglesia.

Tercera. Los que han acogido el mensaje, se sienten llenos del amor de Dios y se empeñan en llevar la fe y el amor de Dios a todos los hombres, fe y amor que ellos viven en torno al culto de la Eucaristía en comunidad de oración, hasta que llega el día final.

A poco que pensemos en estas tres afirmaciones, ya se ve que abren ante nuestros ojos un ideal de vida muy superior al que nos puede ofrecer el mundo que no cuenta con Dios.
Nos dan pena esas personas que o no conocen a Dios o viven alejadas de Él. ¿Qué buscan en este mundo? ¿Adónde se dirigen? ¿Quién calma sus angustias? ¿Qué esperan para después? ¿Cómo encuentran lenitivo en el dolor? ¿Para qué viven?…
Hoy somos muy sensibles ante las necesidades materiales de nuestros semejantes. ¿Por qué tienen que pasar hambre, mientras otros estamos hartos?…
Pero no deben dejarnos insensibles esas otras necesidades del espíritu, quizá más dolorosas y más profundas.
Nosotros, que vivimos de la verdad, que caminamos en esperanza y que sabemos nuestro destino final, gozamos de una felicidad que otros desconocen, así como nosotros desconocemos las angustias mortales que ellos sienten en sus corazones.
Ante estos hechos tan reales, nosotros queremos crecer en el conocimiento y el amor de Dios que nos llevan a una dicha sin fin. Pero, al mismo tiempo, nos empeñamos en comunicar esa dicha nuestra a tantos que no conocen la felicidad del espíritu.

Ese mismo Santo, Ignacio de Loyola, que resumió en palabras tan sabias el objetivo de Dios y fin de nuestra existencia, enardeció a sus primeros discípulos de la Compañía, diciéndoles:
– ¡Id, e incendiad el mundo!

Otro Santo, Antonio María Claret, apóstol de nuestras tierras americanas, resumió este ideal en una oración preciosa:
– ¡Dios mío y Padre mío! Haz que te conozca y te haga conocer; que te ame y te haga amar; que te sirva y te haga servir; que te alabe y te haga alabar por todas las criaturas.

Viviendo lo que expresa esta breve y bella oración, la vida no discurre en un egoísmo espiritual pernicioso, sino que se convierte en dinamismo apostólico y la hace sobremanera fecunda.

Que Dios nos libre de una satisfacción indebida. Pero hoy acabamos con un examen que nos llena el alma.
Conocemos a Dios. ¿Sabemos lo sabios que somos?…
Amamos a Dios. ¿Sabemos lo ricos y lo felices que somos?…
Damos Dios a los hombres que lo necesitan. ¿Sabemos el bien que hacemos?…
Vamos directos a Dios. ¿Sabemos la dicha que nos espera?…
Que Dios nos libre, sí, de una satisfacción indebida. Pero que haga prosperar su gracia en nosotros para que todo eso que nos llena de tanta satisfacción se acreciente más y más. Todo es un don suyo —que nosotros sabemos reconocer— y lo único que nos falta es pedirle a Dios: ¿Por qué esta dicha nuestra no la van a tener todos los demás?…

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