Con Dios, armonía del mundo

24. junio 2013 | Por | Categoria: Dios

La contemplación del mundo nos ha llevado siempre a Dios. La persona que tiene un poco de sensibilidad descubre a Dios en todas las cosas y la creación es para ella una gran maestra de oración.
Al levantarse por la mañana y ver cómo surge el sol por el horizonte, cae instintivamente de rodillas para adorar al Autor de semejante espectáculo. Orar por la mañana es algo tan natural, que todas las religiones lo tienen como una institución.
Contemplar el firmamento en la noche callada, y no lanzar la mirada como un telescopio para hallar a Dios entre tanto montón de estrellas, resulta casi imposible.
Dios se esconde bajo tanta belleza, y tanta belleza está traicionando el escondite de Dios, porque nos dice con silencio clamoroso:
– ¡Aquí, aquí dentro está Dios!…

Si a este sermón de la naturaleza se añade la Palabra que Dios nos ha hablado por su Hijo enviado al mundo, y contemplamos en Jesucristo la nueva y definitiva creación, ¿quién puede dejar de ver a Dios en todo momento, si Dios llena todo de armonía?
Todos conocemos el famoso Mesías de Händel, y su Aleluya nos ha arrebatado mil veces el alma. Cuando el insigne maestro alemán lo compuso en Londres, lo probó ante su médico y su fiel ayudante. El gran músico tocaba el violín y cantaba, mientras el Doctor se aturdía cada vez más, hasta que exclamó:
– Jamás he oído nada semejante. Usted tiene el diablo en su cuerpo.
A lo que Händel repuso:
– No comparto su opinión. Más bien creo que Dios estaba dentro de mí cuando yo lo componía.

Esta es la verdad. Cuando contemplamos el mundo, y especialmente cuando miramos a Jesucristo, vemos una armonía tal, que es imposible no adivinar en todo a Dios. Entonces vienen nuestros interrogantes, a los que quizá no sepamos responder tan fácilmente:
– ¿Cómo es que el mundo se aleja de Dios y rechaza a Jesucristo, o al menos lo deja de lado? ¿Cómo es que la Europa cristiana de otros siglos se seculariza cada vez más? ¿Por qué las naciones más prósperas son las primeras en olvidarse de Dios? ¿Por qué nuestros pueblos latinoamericanos, tan religiosos, han de copiar modelos venidos de fuera y que nos van mermando, con el espejismo del progreso, la firmeza de nuestra fe?…

Ante el Dios único y verdadero, el Creador que da armonía al mundo, y ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ama y nos salva con su Espíritu, ¿qué actitud debemos adoptar nosotros?
Nos encontramos con Dios en cada rincón del mundo y en cada instante del tiempo. Dios lo llena todo, nos llama y nos invita:
– ¡Ven, que te espero! ¡Ven, que soy tu Creador, tu Padre y tu Salvador!…
¿No oímos su voz? ¿No la entendemos? Porque Dios nos interpela:
– ¿Conmigo o sin mí? ¿Me quieres, sí o no?…
Las bellezas naturales del mundo pasan. Dios, el autor de toda hermosura, creada para atraernos hacia Sí, ese Dios no pasa, ese Dios permanece…

Podemos traer a este propósito el caso memorable de Francisco de Borja, virrey de Cataluña y grande España. Muere la esposa de Carlos V, y el Rey le encomienda que lleve los restos a Granada para ser enterrados allí. Le acompañan muchos nobles del reino. Llegados al fin del viaje, descubren el ataúd para su certificación, y Francisco queda horrorizado:
– ¿En esto ha parado tanta hermosura?        
Los caballeros acompañantes, puño en la espada, juran ente el Obispo y notarios:
– Juramos que éstos son los restos de Doña Isabel de Portugal, Emperatriz de Alemania y esposa del Rey don Carlos nuestro Señor.
Sólo calla Francisco, a quien el Prelado pregunta:
– ¿No juráis vos?
El virrey habla bajito:
– Sólo puedo decir esto: he traído el cuerpo de nuestra Señora la Reina en rigurosa custodia desde Toledo a Granada. Pero no me atrevo a jurar que es ella misma, cuya belleza tanto me admiraba.
Ante la insistencia del Obispo, da Francisco su respuesta famosa:
– Sí, lo juro. Pero también juro no servir ya más a señor que se me pueda morir.
Todos sabemos el fin. Muerta su esposa y arreglados los asuntos de sus numerosos hijos, Francisco entra en la naciente Compañía de Jesús, y hoy lo conocemos como San Francisco de Borja.

Es la conclusión a que llega toda persona de fe.
El mundo y su hermosura que pasan no pueden atraparnos y esclavizarnos. Por quien nos dejamos cautivar y al que servimos es Aquél que ha metido tanta armonía en el mundo, más que el músico famoso en su inmortal composición. Ante la pregunta: ¿Con Dios, contra Dios, o sin Dios?, nuestra respuesta no tiene alternativa:
– Con Dios, el Creador de todo, el principio y fin de todas las cosas. Y con Jesucristo, su Enviado y Salvador nuestro, con el Resucitado, en quien se encierra la nueva creación, y que es el Rey inmortal de los siglos…

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