Cerca de ti, Señor

3. junio 2013 | Por | Categoria: Dios

Por ocupaciones y trabajos que queramos buscar para nuestra jornada, nunca hallaremos uno que se pueda comparar en provecho, en eficacia y en beneficios grandes como la oración, expresión concreta de nuestra búsqueda de Dios. Buscar en todo a Dios es la ocupación máxima del cristiano.
Nuestra jornada se llena con las muchas obligaciones que tenemos que cumplir. Todas son del agrado de Dios, todas nos santifican, todas nos llenan de méritos para la vida futura.

Podríamos decir, que nuestra conciencia está muy tranquila con lo que hacemos. Todo lo que sea cumplir con el deber es algo que nos trae paz muy grande.
Pero si ese cumplimiento del deber se llena además con el recuerdo de Dios y se recurre a Dios con plegaria ferviente, la jornada resulta redonda. No le falta nada. Lo ha conseguido todo.
-¡Más cerca de ti, Señor!…, canta la conocida y bellísima canción inglesa.
Estas palabras resumen lo que debería ser la vida entera: un tender cada vez más hacia Dios, meta última de nuestra existencia, colmo de nuestra felicidad, realización plena de nuestra vocación humana y cristiana… Dios es la piedra clave del arco. Bien fija, el edificio se mantiene en pie. Quitada, cae todo estrepitosamente.

En muchas naciones modernas se ha suprimido de su constitución hasta el nombre de Dios. Y nos preguntamos: ¿adónde irá a parar una sociedad que prescinde del Legislador supremo?
Fue mucho más sabia la naciente nación americana, cuando tomó por lema lo que leemos casi con emoción en sus monedas:
– Nosotros confiamos en Dios.
No está del todo mal, como para recordarnos que no es el dinero lo que nos va a salvar, sino Dios y solamente Dios…

En la bella canción inglesa y en la leyenda de la moneda americana encontramos un ejemplo espléndido de lo que debería ser el ideal del mundo.

Pero, si todo eso está muy bien cuando hablamos de la sociedad, es mucho mejor que ese pensamiento se incruste sobre todo en nuestra vida personal. Y que sea tan fuertemente, como para constituir a Dios en esa piedra central del arco. Así nos mantendremos siempre sólidamente en pie. Confianza en Dios, y cada vez más cerca de Dios…

Jesucristo llamó a los dirigentes del Israel de su tiempo hijos del diablo, porque se habían alejado de Dios, aunque conservaban unas formas externas de gran fidelidad a su ley. El mismo Jesucristo nos libre a nosotros de semejante calificación.
Nosotros preferimos que Jesucristo nos llame hijos del Altísimo, hermanos y amigos suyos, templos del Espíritu y herederos del Cielo…
No queremos ser tan tontos como para vender por un plato de lentejas esta herencia divina que llevamos dentro.
El ambiente que nos rodea no es por cierto el más favorable para permanecer fieles a nuestra vocación cristiana.
Hombres y mujeres, viejos y jóvenes, y hasta niños que deberían ser flores de inocencia, todos nos vemos envueltos en una atmósfera irrespirable de alejamiento de Dios.
Pero también es cierto que, así como abunda el mal, vemos surgir a nuestro alrededor ejemplos luminosos de virtud solidísima…

Si aquel envenenado filósofo se atrevió a decir que el orar rebaja al hombre, nosotros, haciendo muy poco caso de su opinión, nos formamos en esos grupos numerosos de oración que perfuman el ambiente con aires de Cielo…
Si se ataca por todos los costados la honestidad del hogar, nosotros queremos mantener a todo trance sin tacha la institución más bella salida de la mano del Creador.
Si muchos dejan vacía la iglesia mientras se llenan los estadios y las discotecas, nosotros nos apiñamos en el templo para cantar a Dios y abrevarnos en las fuentes del agua viva…

Un monje de los primeros siglos de la Iglesia es encontrado en su choza solitaria por un alto oficial del ejército romano, que le pregunta:
– Pero, varón de Dios, ¿qué es lo que te trajo aquí y qué buscas en esta soledad tan espantosa?
Observando el monje los perros, la aljaba y las flechas que llevaba el militar, le responde:
– Te lo diré con gusto. Pero, antes, dime tú: ¿qué te ha traído a ti ahora y qué buscas aquí?
– Busco caza. Voy detrás de los ciervos y otras fieras.
El santo ermitaño levanta los ojos al cielo, y exclama:
– ¡Y yo busco a mi Dios! No me cansaré de esta noble caza hasta contemplarle un día (Macedonio, monje del siglo V)

¡Dios nuestro! Muchos te olvidan, nosotros nos acordamos siempre de ti.
¡Dios nuestro! Muchos te abandonan, nosotros te buscamos.
¡Dios nuestro! Muchos desconfían, nosotros nos apegamos cada vez más a ti, que serás nuestro premio.
¡Dios nuestro!, nosotros, que creemos y ti y te queremos, sólo suspiramos por estar cerca de ti, más cerca de ti, Señor…

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