¡Dios nos quiere salvar!

29. abril 2013 | Por | Categoria: Dios

¿Es cierto o no es cierto que algunos tienen miedo de Dios? Y si le tienen miedo, ¿por qué se lo tienen?… En realidad, ese miedo que sienten es un acto de fe en la vida eterna. Pues si la vida eterna la creen segura, ¿por qué tienen que tener miedo?

Nos encontramos aquí planteado el gran problema del hombre: su salvación. ¿Nos salvamos? Lo hemos ganado todo. ¿Nos perdemos? Lo tenemos perdido todo y para siempre… La preocupación, por lo mismo, es muy legítima.

Pero no es legítimo el miedo a Dios. Porque Dios se nos revela, se nos manifiesta, y lo vemos claramente, como el Salvador. Y de Él dice el apóstol San Pablo una de las sentencias más llamativas, importantes y consoladoras de toda la Biblia:
– Dios quiere la salvación de todos (1Timoteo 2,4)
¿De todos? Luego no queda excluido ninguno. Y menos, ése que tiene miedo a Dios, porque, con su mismo miedo, está diciendo que cree en Dios; que Dios tiene un Cielo para los que le aman; que hay un castigo para los que rechazan a Dios. Este acto de fe es el principio de su salvación, sin que él mismo se dé cuenta. De aquí puede arrancar un acto de generosidad consigo mismo, y decir como aquel muchacho del Evangelio:
– ¡Me levantaré, e iré a mi Padre Dios!

Sólo que quien tiene miedo a Dios, ha de cambiar el miedo por la prudencia, eso sí, para estar al tanto. Es lo que nos dice San Pablo:
– En el asunto de vuestra salvación, trabajad con temor y temblor (Filipenses 2,12)
Porque nuestra debilidad o malicia nos pueden llevar muy lejos en el mal… Pero, de ningún modo podemos admitir el miedo a Dios. Hay una gran diferencia entre medio y respeto, o, con dicho con pensamiento o expresión muy bíblica, con temor reverencial, que esto significa casi siempre esa palabra temor en la Sagrada Escritura.. ¿Cómo se puede temblar ante un Dios que se ha empeñado en salvarnos?…

La prueba mayor del empeño de Dios la tenemos en Jesucristo. El Evangelio de Juan lo dice de una manera ponderativa:
– ¡De tal modo amó Dios al mundo que le dio su propio Hijo! (Juan 3,16)
Y el mismo Jesús confesará:
– Esta es la voluntad del Padre que me envió, que no se pierda ninguno de los que él me confió (Juan 6,39)
Y que Dios Padre y Jesucristo no hablaban en broma, sino muy en serio, nos lo dice la pasión y muerte a que se sometió el Señor Jesús, el cual, a impulsos del Espíritu Santo, se ofreció a Sí mismo como víctima salvadora (Hebreos 9,14)
Las tres Divinas Personas de Dios están más que empeñadas en salvarnos a todos.

¿De dónde le viene a Dios esta decisión generosa y tan seria? De su amor, desde luego. Pero, podemos mirar también otros aspectos que la explican hasta la evidencia. Y podríamos señalar estos dos: el valor del hombre y el peso de la eternidad.

En cuanto a lo primero, ¿sabemos lo que vale el hombre? La Biblia nos lo dice en su primera página, cuando nos narra cómo Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. Hombre y mujer son una copia, hecha materia, de la belleza del mismo Dios: inteligente, bello, amante, eterno… En aquel primer barro, Dios metió un alma espiritual e inmortal. Y por ser esto, espiritual e inmortal, un alma solamente vale más que todo el universo: vale más que la multitud de todos los astros habidos y por haber.
Si a esto añadimos que Dios adornó al hombre con su gracia, es decir, con la vida divina que metió en nuestro ser, el hombre ha llegado a ser algo de un valor inestimable. Un solo hombre no se puede comprar con todo el universo.

Es famosa, y se cuenta mucho, la visión que tuvo una gran Santa, a la que Dios le hizo ver un alma en la gracia. La Santa le decía después a Dios, casi fuera de sí:
– Señor, si yo no supiera que no hay más que un solo Dios, creería que lo es esta alma (Santa Catalina de Génova)
Por algo nos escribe San Agustín:
– ¡Alma, mira cuánto vales! ¡Animo, y levántate!

En cuanto a lo segundo —o sea, el peso de la eternidad— es natural que pensemos en lo que significa el que un hombre que vale tanto se salve o se pierda para siempre.
Ese siempre, siempre, siempre de la eternidad solamente lo mide Dios. Y Dios, que sabe lo que significa, no quiere que nadie se pierda.

Un Papa de la Edad Media recibe la visita del Embajador del Rey de Francia, que le pide algo contra su conciencia. Y el Papa le contesta sereno y juicioso:
– Decid a vuestro Rey que si yo tuviera dos almas, con gusto le sacrificaría una. Pero, como no tengo más que una y la quiero salvar, no puedo acceder a lo que me pide (Benedicto XI a Felipe el Hermoso)

Concluimos por donde hemos comenzado: ¿Miedo de Dios que se ha empeñado en salvarnos? ¡No, por favor! Prudencia y sensatez, sí, porque nos jugamos el todo. Jesús tiene bien sujetas nuestras almas, y dice (Juan 10,28): Nadie me las arrebatará de mi mano…

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