Sólo y siempre Dios

25. marzo 2013 | Por | Categoria: Dios

Agustín, el gran San Agustín, nos dejó una frase inmortal que no cansa el pensarla y meditarla. Dijo, dirigiéndose a Dios:
– Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está en continua zozobra hasta que descanse en ti.
Pongamos la comparación de la barquilla adentrada en el mar. Es imposible que se mantenga quieta. Las olas la mueven, quiera que no. Pero si la traen a la orilla, y la barca se asienta en la arena, ahí que se queda fija para siempre…

Esto es el corazón del hombre, el de usted, el mío…
Todos vamos detrás de la felicidad y de la paz. Pero, nos preguntamos: ¿Es acertado buscar la paz fuera de Dios?… ¿Querer una felicidad que no sea la felicidad de Dios?… ¿Dar a la vida un sentido que no sea el sentido que Dios le ha dado?…
Todo resulta una equivocación total. Mientras que anclarse en Dios, iluminarse con su verdad, henchirse de su vida, llenarse de su amor… es beber a torrentes la dicha más colmada.

Por todo esto, nos seguimos preguntando ahora: ¿Tiene algún sentido mi vida, si no la llena Dios? Y si Dios colma mi vida entera, ¿hay algo que me pueda faltar?…

Aquel ciclista había ganado la vuelta a Francia. Soñaba en repetir su hazaña al año siguiente, y casi seguro que lo hubiera conseguido. Pero…, ahora estaba llorando entre el público espectador, mientras veía cómo entraba otro el primero y él se quedaba inmóvil, clavado en tierra, porque una enfermedad inesperada le había impedido correr el Tour. Lloraba. ¿Por qué? Pues, porque era ciclista y debía correr. Estaba hecho para correr en bici, ¡y basta!… (Ocaña)

Es lo que le ocurre a cualquier hombre o mujer que no se lanza a la conquista de Dios. Hechos para Dios, es una equivocación fatal no buscar a Dios. Es dejar para otros el triunfo y quedarse ellos mismos descalificados. Es perderse del todo, en vez de ganarse para siempre…

Aquí, los únicos felices son los que buscan a Dios y no se contentan más que con Dios. Dios, que no es celoso de nuestro bien, no les quita a ésos nada de la felicidad de la vida. Unicamente les pide que, en medio de la dicha de este mundo, no se olviden de Él; que no le dejen solo en su cielo; que no se aparten de su querer; que le brinden el amor del corazón; que se acuerden de dirigirle una plegaria salida del fondo del alma…

Me hizo reír una amiga mía, que me contaba con sencillez su historia de amor. Se echó una apuesta con su novio: Quién quiere más a quién. La cuestión la resolvería el pensamiento.
– ¿Cuántas veces piensas tú en mí a lo largo del día?, le preguntó él.  
– ¡Uff! Un montón de veces.
– Pues yo, una sola, contestó con calculada frialdad el novio. A lo que la chica repuso triunfadora:
– ¡Te he ganado!
Pero el muchacho volvió con más precisión:
– Bien. ¿Y cuánto te dura cada pensamiento sobre mí?  
– A veces un gran rato, a veces poquito si estoy muy ocupada. Pero son muchas, muchas veces.
El novio rió maliciosamente:
– Pues yo… una sola vez, pero dura veinticuatro horas seguidas. ¡Te he ganado!…   

Estoy pensando en Dios, decimos en nuestro Programa. Pensamos en Dios con la radio sólo unos minutos. Pero es para alargar el pensamiento a todas las horas del día. Pensar en Dios es amarle. Amarle es llenarse de su vida…

Un sacerdote escritor publicaba en una conocida revista su sorpresa con la religiosa portera de un convento.
– Padre, yo cada día me acuerdo de Dios más de cuatro mil veces.
El sacerdote se queda asombrado, porque la humilde religiosa era incapaz de mentir.
– ¿Qué me dice? ¿Cuatro mil veces?…
– Sí, me es muy fácil. Mientras atiendo a mi obligación, le digo a Dios y a Jesús: ¡Te quiero! ¡Te quiero!… Se lo repito más de cuatro mil veces al día…
Y añade el escritor:
– Me impresionó tanto, que a mí mismo me pasa desde entonces el encontrarme repitiendo: ¡Te quiero! ¡Te quiero!… (Vida Nueva, 15-II-1997)

Si se nos cuentan cosas así de Santos que ya están en el Cielo y de los que se narran cosas maravillosas en sus vidas, nos suelen gustar, pero a veces no nos convencen del todo, porque son episodios de tiempos muy lejanos. Pero vemos que no: que eso les pasa y lo hacen hermanos nuestros que llevan la misma vida que nosotros, en el mismo tiempo nuestro y quizá en el mismo lugar donde nosotros vivimos.

Como Agustín en sus Confesiones, nosotros nos complacemos en repetir: ¡Oh Dios, Dios nuestro, que nos has hecho para ti! Y le seguimos diciendo:
Yo te quiero, Tú lo sabes.
Yo te busco, y sé que te alcanzaré.
Yo quiero descansar en ti, para tener en ti toda la dicha…

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