Dios, buen pagador

11. marzo 2013 | Por | Categoria: Dios

El autor de la Carta a los Hebreos, uno de los escritos más bellos de la Biblia, nos dice:
– Sin la fe es imposible agradar a Dios, y todo el que se le acerca tiene que creer que Él existe y que da el premio a todos los que lo busca  (Hebreos 1,6)
Es decir, que nuestra fe en Dios abarca un doble aspecto: que Él existe y que da un gran premio a quien le obedece.
O sea, con otras palabras: ¡Hay un Dios! ¡Y Dios es un buen pagador!…  

Con esto entramos en un misterio de amor. Si todo nos viene de Dios, hasta lo bueno que hacemos, ¿cómo Dios nos paga lo que hacemos por Él, si todo lo nuestro es suyo, si todo lo que hacemos de bueno lo hacemos porque Dios nos ha dado la iniciativa, nos sostiene en la acción y la lleva a cabo Él con su gracia?
Pues, esta es la verdad. La justicia de Dios es bastante especial, y no acabamos de entenderla. Sin debernos nada, ha sido Él quien se ha impuesto a Sí mismo la obligación de darnos una buena recompensa por todo el bien que hacemos.
La esperanza de un premio, de un sueldo divino, nos estimula entonces a practicar sin descanso el bien. Como el trabajador de una finca, que se fatiga machete en mano durante todo el día, pero sabe que al fin le espera un jornal que llenará la mesa familiar de arroz, tortillas y sabrosos frijoles…

En la Sagrada Escritura sale esta idea continuamente. Para los del Antiguo Testamento, la paga eran bienes temporales, y el ser rico y gozar de buena salud, de honor y del aprecio de todos era signo del agrado de Dios que así pagaba espléndidamente a los que le servían. Pero viene Jesucristo y nos enseña todo lo contrario. La paga de Dios no es para este mundo, sino para otro mucho mejor.
Si Dios pagara aquí, su paga pasaría con la vida. Si paga después, su paga dura eternamente.
Si paga con bienes materiales, su paga se deshace. Si paga con gracia, con amor y con gloria, es Dios mismo nuestra paga, y Dios es indestructible y no perece.

Podríamos citar ahora muchos textos de la Biblia, pero nos bastan estos dos del apóstol San Pablo. Dice primero a los fieles de Roma (Romnos 2,6-8):
– Dios ha de pagar a cada uno según sus obras: con la vida eterna a los que aspiran a la gloria mediante la perseverancia en las buenas obras; y con su cólera y su indignación a los rebeldes que no se le rinden y se abrazan con la maldad
Y les añade a los de Corinto:
– Cada uno recibirá su propio jornal conforme a su trabajo… Por lo mismo, permaneced firmes e inamovibles, abundando siempre en las buenas obras, sabiendo que vuestro trabajo no es inútil en el Señor (1Colrintios 3,8 y 15,58)

Una doctrina como ésta, revelada por Dios, nos llena el alma de alegría incontenible. ¡Dios mismo va a ser nuestra paga! ¡Jesucristo será nuestro galardón! ¡La Gloria de Dios, grande e infinita como Él mismo, es el sueldo que Dios nos entregará al final de la vida!… La quincena para cobrar se puede hacer algo larga, pero vale la pena tener un poco de paciencia y esperar… ¡Todo llegará! Y el valor será muy superior al que tendría ahora…
Ocurrirá como con aquella moneda. Se celebró en Londres un Congreso Internacional de Numismática. Se presentaron monedas de todos los lugares y tiempos, entre ellas una dracma que no valía en sí más de cincuenta centavos. Para entonces, había subido el valor al equivalente de diez mil dólares… (Congreso ded Numismática en 1936)

Eso de que Dios mismo sea nuestra recompensa lo expresó de una manera maravillosa Santo Tomás de Aquino, el teólogo más sabio que ha tenido la Iglesia. Un día se le aparece el Señor, y le pregunta: Bien, Tomás, ¿y qué quieres que te dé por lo mucho y lo bien que has escrito de mí? Y Tomás, lleno de sabiduría, de amor y de acertado egoísmo, le responde: ¡Tú mismo, Señor! Como si le dijera: Fuera de ti, no me interesa nada. A esto se le llama tener buen gusto…

Nosotros nos solemos equivocar mucho al pensar en la paga de Dios. Pensamos en recompensas para esta vida: que no nos falte nada, que nos dé Dios lo que otros tienen y nos causan envidia: salud, dinero, bienestar… Todo eso lo deseamos, lo buscamos, se lo pedimos a Dios. Y hacemos bien en quererlo, en buscarlo y en agradecérselo a Dios cuando nos lo da. Pero, no es lo más importante, ni mucho menos.

No voy a decir que todos tengamos la valentía de un San Juan de la Cruz, otro Doctor de la Iglesia. Ha padecido horrores. Lleva la vida de un auténtico crucificado. Y se le aparece también el Señor: Juan, ¿y qué quieres que te dé por todo esto que has hecho por mí? Y viene la respuesta desconcertante, que a nosotros nos hiela los huesos: ¡Señor! Padecer y ser despreciado por ti!…

Bueno —decimos nosotros—, allá él si quería esta paga. Nosotros entendemos mejor las palabras de una jovencita, Santa formidable y verdadera doctora en la Iglesia, como es Teresa del Niño Jesús, la cual decía:
– Yo no he dado a Dios más que amor, y Él me va a pagar con amor.

Recompensa como ésta no existe, sabiendo, sobre todo, que nuestra gloria eterna será tanto más grande cuanto más grande haya sido el amor de nuestro corazón…
No llega aún la quincena para cobrar. Pero tenemos paciencia… Nos fiamos de Dios, que calcula muy bien, y a generosidad no le gana nadie…

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