El sol por la ventana

11. febrero 2013 | Por | Categoria: Dios

¿Por qué no comenzamos hoy haciendo una lista de los males que aquejan a muchos que nos rodean? ¿No les parece a ustedes que resultaría una lista interesante e impresionante también?
Desde luego, que me refiero a males del orden de la fe, de la moral, de la religión, ya que aquí estamos tratando las cosas como creyentes.
No es que no nos interesen los males físicos y de orden material que hacen penosa la vida de muchos hermanos. Sentimos esos males. Nos preocupan, Y ojalá esté siempre en nuestra mano hacer algo por remediarlos. Pero hoy no nos fijamos en esas deficiencias materiales sino en los males de orden moral y del espíritu, de los que afectan directamente a la vida eterna.  
Y, puestos a empezar la lista con algún mal verdaderamente grande, podríamos comenzar señalando, como mal primero y principal, el olvido voluntario de Dios.
Digo voluntario, o sea, un olvido culpable: el del hombre que quiere olvidarse de Dios. El olvido de ése que dice con orgullo o con desdén: ¿Dios?… ¡No lo necesito!

Pero, ¿es verdad que hay alguien que no necesita a Dios? Si tomamos en nuestras manos la Biblia, nos encontramos a cada paso con esta realidad: a Dios lo necesita solamente el pobre de espíritu.
El que está satisfecho de la vida tiene bastante con este mundo y no siente necesidad alguna de otro mundo superior.
Por el contrario, el que sufre, sea en el sentido que sea, busca un lenitivo en su dolor y, al fallarle todas las cosas de este mundo, se acoge a Dios, el cual le está esperando para llenarle de consuelo…
Esto es la pobreza de espíritu: sentir necesidad de Dios.

Miramos primeramente al que dice no necesitar a Dios.
Por de pronto, esto es una auténtica barbaridad. ¿Puede una simple hoja del árbol permanecer verde y viva, arrancada de la rama que se sustenta del tronco?… No. Pues, menos aún puede el hombre prescindir de Dios en su vida.

Pero Dios no se da sino al que se contenta con Él. Si Dios es rechazado por un corazón, Dios se ausenta, y el hombre que así expulsa a Dios se convierte en un suicida. Porque mata la vida de Dios en su alma. Mata la paz de la conciencia. Mata la felicidad del corazón. Mata la esperanza de una vida futura.
¿Y entonces?… El que así obra, marcha por el mundo como un ser triste. Porque puede que tenga todo lo imaginable en el orden material —salud, dinero y amor, como decía aquella canción divertida—, pero su espíritu se siente vacío del todo.

Es lo que le ocurrió a aquel patrón, dueño de una finca inmensa. Uno de sus trabajadores, buen hombre de verdad, se atreve a preguntarle:
– Usted está triste, ¿verdad?
El dueño se extraña de la valentía y sinceridad del empleado. Pero le agradece la pregunta, y contesta:
– Sí, estoy triste porque me siento solo.
– Yo también estoy solo, pero no estoy triste.
– Será porque te acompaña Dios.
El trabajador se siente extrañado de la razón que le da el patrón, y responde con espontánea sinceridad:
– Por supuesto, Dios me acompaña siempre.
– Eso es lo que me falta a mí. No tengo la compañía de Dios…
Y el patrón se quedó pensando:
– Este obrero, con un pobre jornal, es feliz; yo, con millones en el banco, me siento triste….

Esto nos lleva a mirar la medalla al revés, como solemos decir.
Dejando triste al dueño de la gran finca, nos metemos en el pequeño taller de un sastre que vivía siempre alegre. Su ganancia era muy modesta, pero estaba contento, porque tenía lo suficiente para vivir con su encantadora familia. En un día soleado entra un cliente y lo encuentra cantando feliz.  
– ¡Vaya, que está contento usted!
– Yo siempre estoy contento. ¿Y cómo no lo voy a estar? ¿Ve este sol que me entra por la ventana? Pues, mire, ese es Dios. El sol que brilla en el cielo es Dios que se me mete entero donde yo estoy. Para que Dios sea todo mío, me basta con no cerrarle la ventana.

¡Bendito sastre, qué bien que lo has dicho!
Para no tener ningún mal en la vida, para tener todo bien, le abrimos a Dios la ventana del corazón…
Para no conocer la tristeza, para estar siempre alegres, le abrimos a Dios la ventana del corazón…
Para no sentirnos vacíos, para estar siempre llenos, le abrimos a Dios la ventana del corazón…

La idea de que solo Dios puede ser y es de hecho la razón de nuestra existencia, resulta capital para vivir felices, aunque algunos parece que no lo quieran ver.
No tenemos más que analizar aquella respuesta sabia, muy sabia, de la primera pregunta que se nos hacía desde niños en el Catecismo, para convencernos de esta verdad. Si hemos sido creados para conocer, amar y servir a Dios, y gozarle después en la vida eterna, todo lo que sea salirse de esta realidad es un error tremendo, que se paga muy caro en la vida.
Mientras que centrar la vida en Dios —le rezamos, le amamos, hacemos todo por Él— es conseguir la plena realización de la persona, que no la conseguía el finquero de los millones y la sentía de sobras el sastre de la ventana siempre abierta al Sol…

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