Consejos de un ángel a Dios

18. febrero 2013 | Por | Categoria: Dios

Vamos a remontarnos hoy de buenas a primeras al cielo para escuchar un diálogo muy interesante. Si somos gente buena que ama a Dios, a lo mejor nos resuelve una inquietud muy sentida… Porque todos nos preguntamos más de una vez: ¿Es mi vida digna de Dios? ¿De veras que Dios está contento de mí? Si Dios me ha creado para su gloria, como me enseñaron desde mi niñez en el catecismo, ¿doy a Dios la gloria que le es debida? ¿No estaré fracasando, cara a Dios, en mi vocación cristiana y hasta simplemente humana?…

Resulta simpática por demás la leyenda judía sobre un ángel valiente que se atrevió a darle consejos nada menos que a Dios. Porque, acabada la creación de todas las cosas, Dios preguntó a los ángeles a ver qué juicio les merecía su obra. Todos aprobaban, todos aplaudían, todos gritaban:
– ¡Bueno, muy bueno todo! ¡Magnífico! ¡Extraordinario! ¡Formidable! ¡Fenomenal!…
Pero un ángel fue más decidido, se salió del coro, se plantó delante del trono divino, y exclamó  fuerte, de manera que lo oyesen bien todos los demás ángeles, sus compañeros:
– La obra es grande y magnífica. Pero falta todavía algo, que yo no sé por qué no lo has hecho. Falta crear una voz, que resuene por todo el universo, y que diga día y noche, clara, poderosa, majestuosamente: ¡Oh Dios, alabanza y gloria a ti por todo lo que tu poder y tu bondad creó!.
Estupefacción en todos. Pero el ángel siguió sin inmutarse:
– Hazme caso, créala y verás…
Dios no se enfadó por este consejo atrevido. Al revés, se sonrió. Aunque no le hizo caso al angelico simpático, el cual se sintió por ello algo frustrado, y después ya no tenía ganas ni de cantar.
Dios, sin embargo, seguía sonriendo maliciosamente, como diciéndose para sus adentros:
– ¿Eso?…, eso os toca a vosotros. ¿Eso?…, esperad la que me estoy preparando… ¿Eso?…, ya veréis de qué manera lo van a hacer los hombres, que hasta os van a dar envidia…

Esta graciosa leyenda responde a una inquietud que ha sentido siempre cualquier el hombre, como es el querer dar a Dios toda la gloria que Él se merece.
En la Biblia, vemos cómo el hombre se pasma ante los cielos inmensos, que hablan de la gloria de Dios, cuando dice con el salmo:
– Los cielos cantan la gloria de Dios, y el firmamento nos describe la obra de sus manos (Salmo 18, 2)   
Porque toda la creación expresa lo que fue el ideal grandioso de un Ignacio de Loyola: ¡A mayor gloria de Dios!.
Los Angeles que están en la presencia de Dios, tal como los vio y oyó Isaías, no cesan de clamar:
– ¡Santo, santo, santo, Señor Dios del universo! Llena está toda la tierra de tu gloria  (Isaías 6, 3)  
La alabanza perfecta, sin embargo, no la recibió Dios sino hasta la venida de Jesucristo: un hombre, que, siendo también Dios, puede dar a Dios todo honor y toda gloria.
Ya su nacimiento en Belén, fue anunciado como la glorificación plena de Dios, cuando los ángeles, formando legiones, iban cantando por los cielos estrellados:
– ¡Gloria a Dios en las alturas!
Y los hombres, nosotros, unidos a Jesucristo nuestro hermano, hacemos de nuestra vida santa un himno grandioso a la gloria de Dios. Nos lo encarga San Pablo con estas palabras:
– Glorificad a Dios con vuestro cuerpo, con todo vuestro ser (1Corintios 6, 20)
Y nos añade el Apóstol unas palabras casi desconcertantes:
– Porque hasta el comer, el beber, y cualquier otra cosa que hacéis, todo lo realizáis para gloria de Dios (1Corintios 10, 31)

Así. Con las cosas más vulgares de la vida, igual que con las más bellas.  
Rezo, y alabo a Dios.
Canto, y glorifico a Dios.
Trabajo, y engrandezco a Dios.
Me siento en la mesa para comer con buen apetito, y complazco a Dios.
Me voy de excursión, me divierto honestamente, y alegro a Dios mientras yo disfruto.
Hago todas esas cosas, y estoy cumpliendo y realizando el lema a que obedeció la vida entera de uno de los santos más influyentes de la Historia, como lo fue Benito, el cual tenía por norma invariable en todas sus acciones:
– ¡Que en todas las cosas sea glorificado Dios!…
Todo esto está muy bien.
Pero llega un momento, cuando participamos en la Eucaristía, donde nuestra glorificación de Dios alcanza lo sumo, el colmo adonde puede subir.
Es cuando nos unimos al sacerdote que levanta a Jesucristo, presente en la patena y el cáliz, y rubricamos con un ¡Amén! entusiasta las palabras más grandes que salen de labios humanos:
– Por Cristo, con Él y en Él, a ti Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, ¡todo honor y toda gloria!.

     Angelito de la leyenda, angelito muy querido, no te metas a dar consejos a Dios, porque sin clamor, sin ruido ensordecedor, ha sabido el Señor hacerse, para su gloria, de una voz mil veces más potente y cadenciosa de la que tú te imaginabas…

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