¿Corregir la plana a Dios?…

28. enero 2013 | Por | Categoria: Dios

No es nada extraño, sino cosa muy frecuente, el quejarse de cómo van de mal las cosas en el mundo y de lo mal que nos va en nuestra propia vida.
Suele ser lamento de gente pesimista, que ve siempre lo malo y no lo bello que Dios ha puesto en el mundo y que nos regala siempre.
Y, está claro, le solemos echar la culpa a Dios y hasta nos gustaría corregirle la plana…
A este propósito, se me ocurre ahora el cuento del campesino con el níspero y la sandía. Se lo voy a contar por si no lo conocen, o a recordárselo si ya se lo saben de memoria…
Aquel buen hombre del campo estaba tumbado a la sombra de un árbol de níspero, mirando una vez a su alrededor y otras veces hacia arriba, mientras se iba diciendo:
– Pero, ¿por qué en un árbol tan alto han de estar colgando esos granos tan pequeñitos, sostenidos por unas ramas tan recias, y en cambio, esas sandías y melones tan enormes han de estar ligados a un tallo tan delgadito y arrastrados en la tierra? Si yo fuera Dios, haría las cosas de otra manera: esas frutas tan grandes estarían colgadas en árboles altos, y los frutos más pequeños estarían en las plantas más bajas…
El buen hombre quería corregir la plana a Dios, y, mientras estaba mirando hacia arriba, se desprende del árbol un níspero que le cae sobre la nariz. Aquel golpe inesperado no le causó más que unas cosquillas que le hicieron estornudar, aunque lanzó también un grito por el susto, y dijo al fin:
– Pues, menos mal que ha sido un níspero, porque si llega a ser una sandía o un melón, me aplasta la nariz en la cara o me parte la cabeza en dos…

Yo no sé las veces que repetimos nosotros la misma historia del campesino sabihondo.
Las veces y veces que nos empeñamos en dar consejos al mismo Dios, diciéndole que podía haber hecho de modo diferente las cosas en nuestra vida.
En realidad, todas esas quejas que a cada momento nos salen de los labios no son otra cosa que un no ver la sabiduría y la providencia de Dios, el cual hace muy bien las cosas para nuestro bien. ¡Pobres de nosotros, si Dios nos hiciera caso!…

Nos quejamos de la disposición de la vida social. Por ejemplo, y no pongo más que un caso: ¿por qué hay pobres y ricos? ¿por qué no somos todos iguales?
No hablamos de esa pobreza y miseria indignas del hombre, que es culpa nuestra, de la sociedad, fruto de un egoísmo intolerable, y que ni la quiere Dios ni la podemos consentir nosotros. No hablamos de eso.
Hablamos de una desigualdad social, que podríamos llamar normal, la cual se ha dado, se da y se dará siempre. ¿Por qué se dará siempre? Pues, porque depende de la capacidad de las personas, igual que de causas ajenas a nuestra voluntad.
Y en eso está la Providencia de Dios, que así estimula el amor, la ayuda mutua, la solidaridad entre todos los hombres.

Este es el sentido que hay que dar a las palabras de Jesús, el cual sabía muy bien lo que se decía, y nos mandaba a nosotros ser instrumentos de la Providencia divina:
– A los pobres los tendréis siempre con vosotros (Juan. 12,7)

Más que de la disposición de la vida social, nos quejamos de lo que nos afecta a cada uno de nosotros. Lo cual es muy natural, desde luego.
Es cierto que Dios no quiere de ninguna manera el mal y que quiere siempre nuestro bien.
Pero, entre Dios y nosotros, se ha metido la malicia del enemigo de Dios y enemigo nuestro, el cual echó a perder la obra de Dios ya desde el paraíso. Si no hubiera sido por el demonio tentador, y por la culpa del hombre primero que le hizo caso, las cosas de la vida nos hubieran ido de manera muy diferente…

El mayor de los oradores franceses hacía a Dios esta oración:
– Señor, aquí están mis necesidades que yo mismo no conozco. Míralas, Dios mío, y actúa conforma a tu tierna misericordia (Fenelon)
Esto es dejar libre la mano a Dios para que haga con nosotros lo que más nos conviene y que tantas veces escapa a nuestra comprensión.
Dejar nuestros asuntos en la mano amorosa de Dios es prudencia muy acertada.
Porque, como Dios es amor y no actúa sino por amor, hemos de pensar que le asisten buenas razones para hacer eso que a nosotros no nos parece y hasta nos deja perplejos y en suspenso.
– ¿Dios lo ha hecho así? ¡Por algo lo habrá hecho!…  
Este es el lenguaje de la persona que tiene fe y tiene además confianza en Dios. En las manos de Dios es el lugar donde mejor se descansa…

¿Queremos acertar en la vida con el secreto de la felicidad? Es muy sencillo: se trata de ver siempre en todo la mano amorosa de Dios, y de besarla también con todo cariño. Porque, como dice nuestro refrán tan sabio: Dios aprieta, pero nunca ahoga.
Si no aceptamos las contradicciones de la vida, cada una de ellas será como el melonazo que se temió el campesino y que le hubiera aplastado la cara.
Si vemos en todo la providencia de Dios que nos ama, esas mismas contradicciones son la fruta sabrosa que nos cae sin darnos cuenta, como una caricia de Dios, el cual nos dice:
– ¡Tómala, que es muy buena!…

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