¡Qué bueno es el Señor!

17. diciembre 2012 | Por | Categoria: Dios

Vamos a hablar hoy de la bondad de Dios, y, sin embargo, empezamos con un hecho tremendo, sucedido hace ya muchos años, y que se puede leer en revistas misionales de aquel entonces, por el año 1950. No se creería si no estuviera atestiguado por testigos presenciales, en especial por el Padre Misionero holandés que fue testigo de mayor excepción (Julio 1950. P. Beckinger, CATOLICISMO, Nov. 1950).

El hecho fue el siguiente.
No llovía en una vasta región de China, cundía el hambre, y las autoridades comunistas aprovecharon la ocasión para extender la propaganda del marxismo ateo. Se podía leer en los periódicos:
– Dejaos del Señor del Cielo. Es un mito. Nunca os ayudará porque no existe. Ayudaos vosotros mismos. En las entrañas de la tierra hay abundancia de agua. Abrid pozos, sacadla, regad vuestros sembrados, y ya veréis qué bien va eso. Pedidle a Stalin y a Mao Tse Tung, que canalizarán las aguas.
Las autoridades llegan más lejos que los periódicos, y convocan una gran asamblea. En medio de la pradera colocan el simulacro de un gran gigante que representa a Dios, y obligan a la población a asistir al juicio contra el Señor.
– Ahí veis a vuestro Señor del Cielo. Veréis cómo para nada sirve. Ha llegado la hora de entablarle juicio.
Y se le fusila después de un criminal interrogatorio:
– ¿Por qué no haces llover? ¿Por qué no oyes a los que te invocan? ¿Qué haces con tu agua? Tirano, embustero, estrujapueblos… ¡Atención! ¡Apunten! ¡Fuego!…
 La cabeza del gigante voló hecha trizas. Al cabo de media hora, mientras las gentes marchaban atemorizadas, se levanta del río Amarillo una nube negra… Comienzan a caer las primeras piedras… Cayeron hasta del tamaño de la cabeza de un hombre, con seis kilos de peso. Arboles y casas quedaron destrozados, y muchos animales y hombres muertos.
Los periódicos comunistas silenciaron el hecho. Pero se supo fuera de China por las revistas misionales, contado todo por los Misioneros expulsados.

Ahora viene nuestra consideración.
– Por qué este castigo tan horroroso? ¿Cómo pudo Dios, si es tan bueno, responder de esta manera?
Precisamente por eso: porque es tan bueno. Se blasfemó contra el corazón mismo de Dios: contra su bondad inagotable.
El que es todobondadoso se mostró esta vez todoterrible, para demostrarnos que Él es la bondad misma. Aquellas autoridades comunistas chinas atacaron a Dios, ciertamente, con un orgullo y una impiedad increíbles. Iban directamente a la negación de su existencia, con una soberbia endiablada. Pero, independiente de esa infernal intención, atacaron a Dios en uno de sus atributos más queridos, como es el de su bondad, equiparando blasfemamente al Dios de los creyentes con un Stalin y un Mao Tste Tung, dos de los criminales más imponentes que ha conocido la humanidad.
Agarremos la Biblia, y veremos confirmada en cada línea la afirmación del salmo:
– ¡Gustad y ved qué bueno es el Señor! (Salmo 33,9)
Jesús, que es la imagen reveladora de Dios, pasó haciendo el bien, y todos le seguían de aquella manera porque a todos amaba y a todos otorgaba su favor: a los enfermos la salud, a los pecadores el perdón, a los jóvenes su estímulo, a los niños su caricia…
Los hombres grandes arrebatan nuestra admiración, pero el corazón se lo damos únicamente a los buenos. Y Jesús tuvo a gala mostrarse bueno, porque así reflejaba la bondad infinita de Dios y así robaba nuestros corazones para Dios.  
Dios es fuente inagotable de todo bien. Por amor nos creó. Por amor nos salvó. Por amor nos dio su propio Hijo, como lo proclama el mismo Jesús:
– ¡Así amó Dios al mundo, que le dio su propio Hijo! (Juan 3,16)
De lo cual sacará San Pablo la consecuencia más natural:
 – El que a su propio Hijo entregó por nosotros, ¿cómo no nos va a dar generoso con él todas las demás cosas?… (Romanos 8,33)

Dios muestra cada día esa bondad dándonos con abundancia asombrosa todos sus bienes. Jesús toma el Sol como punto de comparación para explicarnos esta bondad de Dios.
El Sol da a todos los hombres, a los buenos y a los malos, sin distinción alguna, los rayos de su luz y de su calor. Y el Sol no nos pregunta a ver si le queremos o no le queremos. No nos dice después a ver si le estamos agradecidos o no. No nos exige que le rindamos cuentas de cómo hemos aprovechado o malgastado su beneficio. Nunca se cansa de derramar sobre nosotros toda la fuente de su energía.

Así, así es Dios. Como Dios no tiene encima de Sí a nadie de quien recibir algo, todo su afán es dar sus bienes y sus riquezas profusamente. Pone a nuestra disposición todas las criaturas, que las ha hecho para nosotros, y después —¡esto es lo máximo y lo incomprensible!—  se da a Sí mismo metiéndose con toda su vida en nuestro corazón. ¿Es bueno, o no es bueno Dios?… ¿Le damos o no le damos la razón al salmo, cuando nos grita: Gustad y ved qué bueno es el Señor?…
Si los ateos niegan a Dios y quieren castigos, allá ellos. Rogamos por su salvación: ¡Que se les abran los ojos! Nosotros, no nos cansamos de repetir:
– ¡Realmente, Dios es bueno de verdad!…

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