El pollito en la mano

24. diciembre 2012 | Por | Categoria: Dios

Al querer transmitirles el mensaje de este día, mi ojos tropiezan con una preciosa fotografía que está sobre la mesa: representa un pollito tierno en la mano robusta de un hombre, y al lado estas palabras del apóstol San Pablo:
– Sé de quién me he fiado (2Timoteo 1,12)
Yo lo he tomado como una clara invitación de Dios a hablar hoy de su Providencia amorosa y paternal.
Y nos decimos nosotros, los creyentes:
– Si Dios es nuestro Padre amoroso y fuerte, que nos ama y nos cuida, ¿qué nos puede faltar?…

Es cosa de cada día el encontrarnos tristes, preocupados, con angustias, desesperados a veces… Y no debe ser así.
Porque hemos de vivir alegres, felices, confiados, optimistas, como lo quiere Dios y lo exige nuestro corazón.
En esto se fundamenta la devoción que muchas personas en nuestras tierras tienen a la Divina Providencia.
¡Qué bello es confiar en el Dios que nos ama y vela por nosotros!

Las causas que producen en nosotros la preocupación, la tristeza y la depresión, podrán ser muy duras, muy reales, y tal vez inevitables.
Y entonces a lo mejor nos aconsejarán remedios venidos de la sicología.
Hasta se nos podrá recomendar que vayamos al siquiatra. Pero…, pero…, ¿hemos pensado ante todo en Dios? ¿Se nos ocurre ponernos en su mano, como el pollito indefenso?
Este pensamiento es capaz de eliminar del alma cualquier angustia.

Viene a este propósito contar aquella anécdota del rey alemán Federico el Grande, que entró en una escuela de aldea, y preguntó a una niña encantadora en un diálogo animado:
– ¿Dónde está nuestro pueblo?…  – En Prusia.
– ¿Y Prusia?…  – En Alemania.
– ¿Y Alemania?…  – En Europa.
– ¿Y Europa?…  – En la Tierra.
– ¿Y la Tierra?…
La niña calla. Discurre. Y al fin da una respuesta que emocionó a todos:
–  Señor, la Tierra está en la mano de Dios.

Esta será siempre la verdad encerrada en toda la Biblia. El universo entero, cada criatura del universo, usted, yo…, estamos en la mano de Dios.
Y por ser nosotros unos redimidos con la Sangre de Jesucristo, Jesucristo nos tiene en su mano, como unas de esas ovejas que Él conoce, y de las que dice:
– Nadie será capaz de arrebatarlas de mi mano (Juan 10,28)

Jesús, que vivía tan pendiente de la providencia de su Padre, nos aconseja llevar nuestra confianza en Dios hasta no preocuparnos de lo que le pedimos a Dios.
Y Jesús nos da una razón totalmente convincente: Vuestro Padre celestial conoce todas vuestras necesidades mucho antes de que se las expongáis y le pidáis las cosas que queréis.

La confianza en Dios tiene dos dimensiones muy definidas en nuestra vida. Una mira la vida presente, otra se dirige hacia la futura. Y en una y en otra dimensión, la confianza en Dios, nuestro Padre que nos ama, no debe fallarnos jamás.

El interés por que tengamos confianza en Dios para las cosas de la vida, arrancó de los labios de Jesús aquellas observaciones de poesía incomparable:
– Mirad los pajaritos del cielo, que ni siembran ni cosechan, ¡y cómo los alimenta vuestro Padre celestial! Mirad las flores del campo, que no trabajan ni tejen, ¡y con qué elegancia que las viste vuestro Padre del cielo!…  (Mateo 6,26-30)
Esto, jamás nos excusará a nosotros de nuestro esfuerzo propio, pero, puesto por nosotros todo el empeño que podemos y debemos, dejamos el resto en la mano de Dios, que no nos falla.

Esa confianza se hace ilimitada cuando se trata de nuestra vida futura.
¿Nos debe atemorizar el más allá?… Tenemos razones de sobras para temer si nos miramos a nosotros mismos, ante tantas infidelidades a Dios en nuestra vida.
Pero, afortunadamente, la bondad de Dios es más grande que nuestras miserias. Y, si sabemos volver a Dios, Dios siempre nos espera para darnos el abrazo más fuerte.

El pollito de la estampa nos ha hecho ver que estamos en la mano de un Dios fuerte, muy fuerte…,
de un Dios que nos ama, ¡y de qué manera!…,
de un Dios que cuida solícitamente de nosotros….
Si estamos en la mano de un Dios así, ¿podemos dar lugar a un miedo injustificado y sin sentido?
– ¡Dios me ama! El día en que estemos convencidos de esta verdad, seremos de veras felices y viviremos sin preocupación alguna…

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